Edición 365

“Con banderas y mentiras”

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“Con banderas y mentiras”En una película, de esas que la TV nos tiene acostumbrados, De regreso a la montaña fría, nos narra toda una tragedia que sucedió en la Guerra de Secesión en los Estados Unidos. Después de presentarnos a una joven pareja que se está iniciando en las lides del amor y sus encantos, el muchacho debe irse a tomar partido por la suerte de la Unión y los ideales de las caras blancas.

Jurado el amor, sin que importara la distancia y el tiempo, pasan los días y se van alargando las esperanzas entre noticias parciales, hechos aislados y una vida citadina en un lugar campestre de gentes recelosas.

El llamado a la guerra no es contra otra nación, para defender territorios ni para luchar unido un país con otro para evitar peligros mayores. Es para continuar discriminando por el color de la piel, para seguir dominando a gentes que llegaron del continente negro en barcos con galeotes, cadenas, grillos, hambre y las vejaciones propias que se dieron en el esclavismo. Es para seguir mostrando que la piel blanca es la merecedora de los bienes terrenales, a través del poder, el dinero, la asociación, la religión.

“Con banderas y mentiras”La novia, junto con una amiga algo atrevida, es invitada a vivir el momento sustrayéndola a pensamientos que la depriman. Ella esperaba una carta, una línea siquiera, pero las circunstancias no lo permitieron. Él cayó enfermo, estuvo preso, y sufrió las presiones de una vida militar no voluntaria. Al fin evadió el reclutamiento de su facción y se convirtió en un craso desertor.

En ese trance cruel comprendió que había sido enviado a la guerra como cualquier mercenario o soldado regular. Se le entregó una bandera con escudo y lema y una consigna que debió aprender y recitar al levantarse y acostarse. Tenía que ser fiel a los ideales que los dirigentes de la guerra habían diseñado y planeado sin mayores detalles. Porque la guerra tiene frentes y tareas pero la sorpresa y la estratagema esperan en cada esquina. Ese es su contrapeso.

“Con banderas y mentiras”En efecto, al reclutado cuando se le entrega su uniforme, el fusil, la bayoneta, la caramañola, las botas y la bandera, también tiene recibe entre el bolsillo de la alforja unas mentiras que nunca se le dijeron. Se le dirá que todo lo que haga en nombre de su facción es permitido y se le protegerá hasta el final, a sangre y fuego. Él encarnará unos ideales, una patria, una legalidad. Y, lo contrario. Si no es fiel será un renegado, un mal soldado, un desertor y sobre él caerán toda suerte de maldiciones.

En realidad, la primera mentira es que la militancia es su casa, su nueva madre y que sus superiores su Dios, lo mismo que su Patria o su Bandera. En ellos deberá confiar, a ellos obedecerá, guardará la espalda y tendrá que olvidar familia, bienes, sueño, tranquilidad, privacidad. La siguiente es que ellos estarán protegidos. Que hasta ellos no llegará el peso de la ley y que mientras vistan el uniforme nada se opondrá a lo que ellos hagan u ordenen.

Es lo que sucedió al joven soldado confederado que se atrevió a desertar y dejar de creer en intereses de clase y en contravía a sus ideales. Debió ocultarse, errar herido durante noches por matorrales, lagunas, pasar hambres, comer sabandijas hasta volver, envejecido y sin un dólar en el bolsillo, junto a su ser amado.