Edición 372

La sociedad del semáforo

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La sociedad del semáforoSe anuncia para la cartelera de películas este título atrayente y sórdido. Habrá que ver la cinta de Rubén Mendoza para vernos re-tratados.

Cuando algo nos duele es porque es verde, porque es amargo, porque es el espejo gris que refleja la realidad de lo que somos. El cine nacional ha mostrado facetas duras como la vida oscura de bares, discotecas, prostíbulos, pobreza en los suburbios, paisaje árido y miradas ávidas, violencia en las comunas y una larga estela de melancolías. Y las salas lucen llenas el día del estreno, pero su mensaje no trasciende.

¿Podrá ser la excepción este esfuerzo colombiano que nos ayude a desentrañar el drama más que mudo y cruel de las esquinas de nuestras avenidas?

La película será apenas una sesión de clase animada con imágenes fingidas. Rostros incoloros de actores y divas no profesionales prestan sus gestos y visajes para simular lo que en la realidad es una lacra de la sociedad. En una hora y 55 minutos correrán ante los ojos de los incrédulos asistentes escenas de scketches muy elaborados sobre las variadas formas de luchar para ganar el sustento de niños, madres solas y padres sin tierra ni horizonte. No habría necesidad de refugiarse durante hora y media en un cinema para enterarse de lo que sucede en las calles de nuestras ciudades.

Mientras que sus productores y guionistas han cosechado 14 y más premios por narrar la vida del chocoano reciclador Raúl Tréllez, millares y millares de desplazados en aceras, parques, buses, y mientras los carros esperan que el color cambie a verde, tratan - con escaramuzas y caras pintadas de dolor - de mover la compasión de quienes van cómodos, sentados en su interior.

La sociedad del semáforoLa cinta es sólo la denuncia, la calle es un grito en la cara, de la des-gracia de ser desempleado, botado de un puesto de trabajo o no ser de la cuerda de un político o no estar mendigando una ayudita en Familias en Acción. Veremos la agudeza de directores, nitidez de la fotografía, copia fiel del lenguaje de la pobreza y la sagacidad de los protagonistas para realizar sin sufrir lo que hacen sus compatriotas con hambre y con dolor.

Sus realizadores habrán sido financiados y seguirán recibiendo regalías. Mas los improvisados saltimbanquis, los tragafuegos de petróleo, los lanzacuchillos, los vendedores de agujas, lapiceros y estampitas de la virgen, los ancianos y desplazados con carteleras escritas sin ortografía, seguirán estirando su esperanza de conseguir unas monedas o un billete para sobrevivir en esta patria donde las armas, la coca y los homicidios son el pan que abunda cada día.

Mientras tanto el Congreso viatica, pide micrófonos, TV y habla bla, bla, la banca gana y gana, los empresarios, las cooperativas de trabajo hacen su poda de salarios con el amparo de la ley de flexibilidad y los mineros siguen devastando nuestra riqueza nacional. La prosperidad todavía no ha comprado ninguna locomotora democrática y no se ve sino el humo en la selva de la caída de otro culpable de la pobreza nacional.