Edición 363

Apología a Diógenes

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Apología a Diógenes"Un pensamiento original vale más que mil citas insignificantes"

Diógenes

El desprendimiento de los bienes que amarran, en contraste de los sibaritas y avaros que se apegan como a ubre generosa de los bienes del pueblo, no ha cesado de martillar en nuestro inconciente.

Diógenes, allá, en Atenas no conoció el Ágora, ni entró al templo de Atenea ni mucho menos frecuentó a los sacerdotes de su tiempo ni a las doncellas vírgenes que allí ardían en su pebetero. No era amigo de reyes, ni de dioses, ni de diosas encerradas y pagadas. Sabía que su barril era más humano y confortable. Todos esos templos y monumentos y los que allí vivían, significaban para su mundo lujos de un mercado espúreo y de mercenarios.

Hoy podemos hablar de Diógenes sin ofenderlo. Estas palabras son respetuosas y son fieles a su temple. Él, en vida, no hubiera soportado una alabanza por su actitud y desenfado. Tal vez él sabía que vivo o muerto era y sería un modelo de virtud para todos los tiempos. Fue el humano más desencarnado que haya nacido de mujer.

Qué tal que todos pensáramos como Diógenes. Este mundo sería como un puerto en el que descansarían de barriga millones de barriles, y más parecería un orfanato de perros. No habría yines de marca ni diademas de toalla para evitar el sudor que cae de los cabellos ni bolsos Dolce&Gabbana. No habría muladares en las afueras de las ciudades para recoger los desechos quirúrgicos o las baterías y los lípidos derretidos. No habría un mundo Disney en Orlando ni existiría Las Vegas. Nadie soñaría con ir a conocer a la quimera de América a probar la Gran manzana.

Apología a DiógenesEs necesario que tales íconos existan para poder establecer la distancia que hay entre Diógenes y Francisco de Asís, Rockefeller, Idi Amín, Gandhi, Berlusconi y el periquillo Sarniento o Al Capone. Diógenes amaba las moscas, las ratas y los perros y entre ellos vivía. Los otros, casi todos, eran como ellos. Diógenes murió de risa, frotándose la barriga a ver si no le daba hambre. Si pudiera hoy andaría buscando la mansión de los banqueros para encontrar en la sala de recibo, el lugar más digno, para vomitar desechos de lo que comía.

Diógenes redivivo hoy, entraría de pronto a una plenaria del congreso con una lámpara encendida para buscar un hombre entre tanto mentiroso y embaucadores. Seguiría, como Fernando Vallejo, amando más a los perros porque más conoce al peligroso hombre.

El cínico divino sigue hoy alumbrándonos desde su desprendimiento y su sonrisa como una estrella extraña. Como un pollo entre su cáscara, sabía que el cuerpo basta para guardar toda sabiduría humana. Hasta de su escudilla se libró para tomar agua con el cuenco de sus manos.

Otro adulador de las podredumbres, Emile Cioran, llamó a Diógenes "perro celestial". Desde su tinaja hoy nos mira compasivo porque sabe que hay muy pocos filósofos que anden burlándose en sus harapos y con el pelo descuidado, de la hipocresía y la falsedad de quienes quieren ocupar los lugares de honor y las mesas de viandas caras y vino añejo.

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