Edición 372

El tribuno

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El tribunoNadie sabe dónde anida el recurso del orador. Mezcla de confabulación, embuste y uno que otro aderezo de ley, echa a rodar gazmoñerías delirantes en el comportamiento del escucha.

Es el caso de líderes religiosos y caudillos políticos. A diario realizan en el púlpito y la tribuna una metamorfosis de la realidad, admirable por efectiva. Ser un "buen orador" no demanda belleza, talento o ilustración. Ni siquiera sindéresis. Simplemente, como dijo Goethe, conectar el alma del hablante con la del oyente mediante una sarta de palabras amaestradas y sobre todo con olfato.

Ni Repúblicas ni Estados ni leyes ni partidos políticos existirían sin la gestación del bla bla consagrado. Al chorizo se hubieran ido guerras y armisticios, matrimonios y divorcios, perjurios y heroísmos. El enmascaramiento de la intención mediante una retórica sensiblera o "culta", es labor para roedores, castores o camaleones sin olvidar que existe el orador apostólico -como ejemplar exótico o extinto- en las cimas del ideal doctrinario, sea cual fuere su camino.

Este divertimento me refocila hoy miércoles 13 de junio cuando llueve gris sobre Caracas y el presidente-comandante se ha dignado deleitar los oídos de los venezolanos con dos piezas oratorias que coparon por más de tres horas radioemisoras y canales de televisión en todo el territorio nacional.

Si Chávez se quedara mudo "le saldrían letreros", como afirmaba una amiga payanesa. Hablar sin freno le es tan necesario como respirar. De él decía Uslar Pietri que tenía "una ignorancia atómica". Por encima de ese perifoneo sin medida asoman el dato, la fecha, la cita, el proverbio leídos a vuelo de pájaro y utilizados a manera de comodín. Mientras dura la representación, caricaturiza la filípica, descuartiza tonadas y joropos, desubica zapateados y corridos, manosea la coprolalia sin taparse las narices, saca a orear los proverbios del abuelo y filosofa pensativo. Llora, gime, ya católico, ya ateo y siempre prehistórico cachiporra en mano, levanta castillos de arena y echa a correr ríos de miel.

Esta ensalada opíparamente servida, opera entre los olores y sabores de interminable comilona. Chávez conoce el efecto de la palabra dicha donde y como es. Sus arengas calzan a la perfección en los requerimientos de un pueblo sin futuro. Ahí reside la clave del éxito obtenido durante esa larga crónica que es su vida de golpista irredento. Sus antiguos compañeros de armas lo recuerdan locuaz y como tal, poco confiable. Quizá desde el estribo de cuartelazos recurrentes, ya era la palabra, que hoy maneja como un resorte, una rienda o un freno, su arma mejor dispuesta.

Tal vez en Atenas fue nuestra parla equilibrada y limpia. Tal vez el delirio de guerreros auténticos conjuró sus flaquezas y la hizo de oro. Conozco la centelleante flor de María Cano y de José María Rojas Garrido "el mejor orador de Colombia". Ahí parió el idioma la mejor oratoria. Pero las circunstancias reclaman otra cosa y por eso el presidente de Venezuela se metió en el bolsillo el sentir y la esperanza populares. ¿Es de verdad un orador el folclórico hijo de Sabaneta?

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