Edición 365

La esencia del placer

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La esencia del placerEl placer. Ahhh, el p l a c e r... Palabra que invita a la saliva a salir de las papilas como cascada, a la imaginación a darle alas a los deseos, a remover los sentidos como un hormiguero de sensaciones, a la sangre para que llegue hasta las neuronas y a las sienes a que retumben como redoble golpeado por mil manos.

¿Qué es el placer sino deleite que inicia y no termina, júbilo supremo que no calma sino que excita todas las células del cuerpo, hervor de la sangre igual que erupción del Popo, punzada brutal de gozo, explosión de vida y muerte en las venas y en la aorta, soplo inagotable de fruición que abraza cada fibra y poro, música de violín y bombo, de trompetas y cornos que sacuden por entre piel y huesos del que es tomado como por un torbellino de frenesí y azogue?

¿Acaso usted lo ha sentido tocar a su ventana, lo ha visto llegar por debajo de la almohada a media noche a cuando el alba nos llama con su vestido trasparente? Porque el placer llega cuando uno lo necesita. No se hace rogar ni es huésped que pida caviar o cien sirvientes. El placer es un personaje generoso igual que el vino que sale de la botella y llena la copa con buqué para dejar la garganta más sedienta. No exige nada cambio. Acude cuando el cuerpo en paroxismo grita auxilio.

Llega sin tocar sirenas ni anunciarse por mayordomos con levita y corbatín y se incrusta entre cabeza, costillas, pecho, espalda, brazos, vientre bajo y piernas. Cuando ya está adentro de su cliente parece poseído de un terremoto. Tiembla, quieren saltar sus ojos de contentura fuera de su órbita, todo su interior crepita como zarza en incendio, los miembros no caminan ni aciertan a abrazar giran y parecen padecer de sambenito. Más es un espectáculo de muerte y de locura que paz de lago en quietud y noche callada. El placer es como una enfermedad que el ser humano quisiera muchas veces padecer.

Tal vez ni las gacelas y venados, o los toros de miura y sus vacas que los apacientan, o las mirlas y sus mirlos también lo han experimentado. Mas nunca lo podrán narrar. Tal vez los perros y sus perras de ocasión gocen sin tino pero jamás lo podrán repetir como lo puede hacer el hombre y la mujer, afortunados. Porque el placer es un manjar que estará siempre a la entrada, detrás de la puerta, en el desván, en la sala, en la mesa, en el momento de mirar el arrebol, en la cocina, en la alcoba o en el prado. No tiene precio ni tiene envoltura o marca que lo haga distinguir en una tienda de olores o de alquimia.

Lo han gozado por igual los truhanes, los pobres de tugurio, los ricos y sibaritas, el monje y la religiosa, los esposos y maridos de todos los tiempos, el don Juan, el avaro, la ninfómana o el sátiro. Hazañas se han sabido y muertes han ocurrido por buscar el placer y desfigurar su esencia y su figura.

El placer se puede hallar cuando se degusta una comida, se asiste en el palco o en platea a una obra de teatro o un recital o una gala de ópera o a un concierto de un tenor o de una soprano o se asiste a un museo de arte. Mas nunca será mayor que la unión corporal con la persona amada. En ella se cumplen los requisitos de sabor, olor, pasión, alborozo y aguijón que causan la explosión, sudor, y sensación de caer el abismo donde todo es derrumbe y olvido de las pequeñeces de la vida.

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