Edición 364

“Vivir no es necesario, navegar sí”

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“Vivir no es necesario, navegar sí”Esta frase que nos trae Plutarco como grabada en una nave griega en su Vida de Pompeyo hace ir la imaginación más allá de la fatuidad de lo que llamamos vida.

Vivir, vivir y nada más, se oye en una canción. Dejar que las horas y las cosas pasen orondas por delante, por detrás de nosotros, como sombras o como relámpagos o como voces de Circes que nos llaman e ilusionan. ¿Llamamos a eso vida porque la sangre corre por las venas y levanta llamaradas unas veces y otras veces la desazón provoca frío y llanto? Ese vivir no es necesario, no es preciso, como puntualiza Pessoa.

¿Vivir es una línea recta y pacífica, es puerta abierta a la luz, es mano tendida que nos salva, es pan a todas horas, es cuerda lisa y segura y camino sin recodos ni curvas ni cansancio sin necesidad de brújula? Eso será bienaventuranza, ricura, banquete opíparo, hartura de gozo, epifanía que solo es precisa para el sibarita. Eso no es vivir y no es necesario.

Bien lo dijo el argonauta anónimo: Navegar sí es necesario y lo dejó escrito en el lomo de su bajel. Navegar es el arte de salir de si mismo y poner a prueba la vida misma. Es posar los pies como la mariposa en la verdura de la mar. Hundir el remo entre las aguas y experimentar el zarandeo de las ondas que bajan hasta el abismo o se elevan como albatros. Sentir el viento a contracara, oír cómo la proa abre una herida de acero entre las espumas para cabalgar sin freno sobre el gran monstruo de lengua blanca.

Navegar es buscar el otro lado, asomarse por encima del horizonte, dejar atrás la Luna, la Osa mayor y a cada estrella. Es meterse en el laberinto de la noche sin hilos que guíen y suplanten los radares. Es presentir cuando viene la tormenta precedida de los clarines de los truenos y de los cohetes de los rayos. Es saborear el azogue de fuego en la garganta cuando el miedo intente aparecer entre las fibras de los pulmones.

Navegar es soltar las amarras en el puerto y olvidarse que existe el mundo. Tirar las cuerdas y tender las velas. Dejar que se hinchen con el aliento cálido del sotavento y acostarse en el fondo de la nave. Bailarán las ilusiones, saldrán volando los temores, entrarán por los oídos los silbos de los delfines y el aleteo de los cetáceos. Cantará, entonces, el coro de las olas dirigidas por el señor del viento, la sinfonía de la libertad y el frenesí del universo.

Subir, bajar, mecerse sin hacer caso a una veleta o ver por los ojos de una brújula, experimentar en las vísceras el ansia de mirar al fondo, al infinito y no desear apearse por el miedo. Esa suprema sensación de cruzar el océano, de ser una sola cosa nave y viajero, ese es el viaje que las neuronas y sentidos hace decir al ser humano que está viviendo.

Solo quienes han tenido el corazón de Ulises podrán decir que han atravesado el piélago entre el puerto de salida y la felicidad de la llegada. Esa es la odisea que escriben quienes suben a la barca que es la vida en este mundo. Quienes demuestran miedo y se bajan a destiempo, quienes tiemblan cuando se acerca la tempestad o se devuelven porque la noche está oscura, no podrán dejar escrito que han surcado el mar de este mundo.

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.