Edición 365

Pisar el propio suelo es como besar a la madre

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Pisar el propio suelo es como besar a la madreRetomo hoy mi mote de pertenencia a una patria, a un pedazo de mundo, a un punto del universo que fue mi cuna y al que uno se apega como a la placenta el feto.

Acabo de llegar de un viaje a dos países, Argentina y Uruguay, que también, - dice uno -, son parte de nuestro horizonte. Y uno, quiérase o no, tiene esos afectos muy adentro. Son fibras muy finas y por eso suenan tan nítidas como las de un violín.

Al ver cordilleras debajo de uno en el avión, unas con verde y ríos, otras secas y grises por la sequía o su formación geofísica, instintivamente uno compara. Al ver la situación política, el ejercicio de tener que comprar, comer en restaurantes, ver vitrinas, entrar a los moles comerciales, tener que pagar los hoteles o salir a disfrutar un espectáculo, uno sin esfuerzo hace un cuadro sencillo: cómo vive uno aquí en Colombia y cómo están viviendo otros suramericanos en sus países.

Hacer cuentas en el papel, mirar abajo cuando pasa el avión, oír a los nacionales de otros países cómo hablan de lo que ocurre allá, invita a reflexionar. Sí. En Buenos Aires hay un clima de sobresalto por las medidas monetarias, por el aparente descuido en la planeación social, laboral, agrícola, el balance comercial internacional. La ciudad experimenta unos cambios negativos muy drásticos si uno compara lo que sucedía hace unos diez años cuando la visitamos. En Uruguay vivir es muy costoso. La nación es bella, aunque su territorio es exiguo. Vivir por ejemplo en Punta del Este, solo lo hacen quienes tienen el temple y están acostumbrados a sentarse a esperar la llegada del verano y el turismo.

Dirán algunos que exagero. Pero eso fue lo que sentí, lo que vi y lo que me contaron con micrófono. Es verdad que uno va de paso, que lo que la vista apreció puede ser demasiado fragmentado y miope. Pero digo lo que el bolsillo me dijo al oído y lo que el sentido común me dejó percibir por los olores, por lo que aprecia el ojo, por la actitud general en la gente que se sienta al lado de uno en el subte o en los omnibuses urbanos en que viajamos.

Entonces, uno se encoge, se envuelve sobre sí, como la serpiente y medita sin tapujos. Llegar a Colombia otra vez y poner las patitas sobre la propia patria es lo mejor que puede suceder aquí y ahora. No lo dice uno por consuelo y por tacaño o porque desprecie o maximice lo que ocurre allá o acullí. Al fin, uno tiene pintada en lo que hace y piensa a Colombia en su cuerpo y cara.

Lo digo como ciudadano del medio, del promedio de los que ganamos una pensión por un trabajo de 35 años. No fui general a dedo, ni ministro ni parlamentario ni magistrado. Fui profesor con grado de magister y no tengo alzaimer. Perdonen que no escriba en alemán esta enfermedad tan colombiana, que olvida su pasado cada que llegan unas elecciones.

El gobierno hace alharaca porque está bajando a un dígito el desempleo el dane. Perdóneme, señor computador, que escriba con minúscula esta famosísima oficina. El gobierno hace alharaca porque la onu haya bajado a Colombia de entre los países que ya no tienen pobreza absoluta. Pero, ellos no miran en nuestras calles los mendigos, ni en nuestras plazas y esquinas los miles de saltimbanquis y gente que deambula sin destino.

Sin embargo, viven llenos nuestros almacenes, no caben en los buses los usuarios en las horas pico, en los bares rebotan las paredes con los bombos del perreo y en los gimnasios resuenan las columnas con la música metálica que acompaña el desbastar. Aquí se sufre, compra la gente, se suicidan los jóvenes y todos dicen que aquí nada pasa. Qué bueno volver a esta patria querida, la de Perea, de Javier Fernández, la de nuestra Selección que nos emboba con Falcao y James y la de la inglesa Costeña o la Pilsen que nos refrescan la pobreza a los de debajo de la pirámide que llaman.

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