Edición 369

Los árboles sí mueren de pie

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Los árboles sí mueren de pie¿Usted alguna vez tuvo como padrino o mascota a un pollito, a una ranita o a un copetón y le daba compota de pan con palillo para que no muriera fuera de su ambiente? Tal vez tuvo o tiene un perrito o un gato y lo mima como su fuera de la familia.

Hasta que se quita el bocado de carne de sus dientes o se roba un poquito de leche para ponerlo en un plato y ver cómo el gatito lo lame y lo relame. Algunos miman a un caballo a una vaca o una boa.

Pero los árboles no tienen padrinos ni nadie los adopta. Antes en las escuelas había profesores que enseñaban una canción que empezaba "Plantemos nuevos árboles"... Y había campañas para que el 12 de octubre se sembrara un árbol en la escuela. Muchos de esos niños vimos cómo se sembraba un arbolito niño. Era casi raíz y uno iba a regarlo, como dice en la canción Pedro Infante, todos los días como a una flor bella. Iba presenciando como crecía y crecía al frente de la casa o en un potrero.

Los agricultores, los ingenieros agrónomos y forestales de verdad, saben mucho de querer a los árboles. Aprendieron con sabiduría a qué familia pertenecen, para qué sirven, cuándo florecen, cuándo dan fruto, cuánto aroman en la noche y qué propiedades tienen. Los árboles son como personas que nacen en un hoyo y ahí se quedan acompañando al hombre, purificando al aire, llenando de verde el paisaje y calmando la fuerza de las tempestades.

En mis viajes he visto arboledas muy alegres. Millares de árboles de distinta altura y follaje, de corteza blanca, roja, gris, rugosa o lisa. Viven arropándose unos a otros, se saludan de mano cuando ventea y gimen de frío en invierno.

Los árboles sí mueren de pieAcabo de pasear en ómnibus desde Montevideo a Punta del Este en viaje que dura más de hora y media. Daba gusto ver a lado y lado de la vía pinos de distinta clase, eucaliptos, manzanos, sauces viejos y jóvenes y otros que nunca me los han presentado por su nombre. Me saludaban cuando los miraba por la ventana. Eran felices, se les veía la risa entre las mejillas verdes y cuando batían su cabello rizado los pinos. Montevideo desde el avión se veía como un gran jardín. Costaba ver sus casas de una o dos plantas en medio de las abundantes arboledas del entorno. La capital de Uruguay parece más una ciudad rural en medio de una nación moderna.

El dramaturgo Alejandro Casona afirmó hace mucho tiempo con desengaño que los árboles mueren de pie. Él no alcanzó a darse cuenta que hoy no solo el hombre ignorante tala árboles, que el Gobierno autoriza con licencias forestales a que cualquiera pueda arrasar selvas, montañas con árboles centenarios, alcaldes como uno en Cali ordenó talar árboles sanos que no solo adornaban la ciudad sino que oxigenaban el ambiente, sólo para que en el carnaval vieran a unos borrachos encima de cien caballos. Otro alcalde en Belmira, Antioquia, hizo talar cien árboles que hacían calle de honor a quienes visitaban el pueblo, solo porque a él le parecía que estorbaban ver el pueblo desde lejos.

Los árboles no mueren porque se caen de sueño o porque se vuelven viejos. Los árboles prefieren que sus asesinos los encuentren gordos, fuertes, con la resina adentro, con la raíz profunda entre la tierra. Se llevarán la madera, pero no arrancarán sus pies. Que queden los muñones luego que las sierras y el hombre hagan su oficio de sicario o mercenario y cercene su vientre, brazos, muslos y cabellera verde. Allí quedarán sus pies y sus tobillos como prueba irrefutable del crimen cometido.

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