Edición 364

Mirada de un desmovilizado sobre la reintegración

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Colombia es un país que cría hombres para la guerra. Esta condición, como cualquier otra, necesita examinarse con cautela cuando en la historia reciente de nuestro país un número significativo de personas que en algún momento de su vida empuñaron unas armas, 50 mil compatriotas, dejan de hacerlo y pretenden reincorporarse a la vida civil.

Actualmente, el gobierno nacional, presidido por Álvaro Uribe Vélez ha elevado a política nacional el proceso de reincorporación a la sociedad civil para las personas que se alejaron las armas de su vida.  Según Frank Pearl, Comisionado para la paz,  “la reintegración ya es una política de Estado, incluida en los planes de desarrollo de 16 departamentos y 106 municipios”.

Boris Jurismau, desmovilizado de la Guerrilla ve la reincorporación como “un monumental éxito publicitario”. La mayoría de los desmovilizados están atendiendo cabinas telefónicas o mini mercados y junto a esto la administración de la ley  de justicia y paz no reconoce los derechos de los rasos. La alternativa de constituir un cuerpo de abogados que defiendan los derechos de estos hombres de la guerra a los que sólo se les tilda de bandoleros no se ha viabilizado porque ganó la tesis de que solo se trata de un grupo de delincuentes y matones que deja sin representatividad a un grupo social que siguen exigiendo sus derechos.

Boris, desmovilizado de la Guerrilla, ubica dos momentos en la historia de las  desmovilizaciones: Los primeros procesos de paz, como los logrados con algunos facciones del EPL y el M-19 eran los esperanzados. Estos hombres llevaban un mensaje. Después, el desmovilizado es una persona que desprendida de su condición de guerrillero o autodefensa, lo que podría representar una posibilidad de abrazar la vida. Hoy por hoy, sigue siendo un duro peregrinaje por la subsistencia y por recuperar una condición respetable en la sociedad.

Según él, la actual dinámica de la guerra ha empezado a romper las antiguas formas de lealtades lo que merecería un estudio los sociólogos de la guerra, ¿porque tanto Judá saliendo de las filas de los grupos armados? ¿Se trata sólo de un fenómeno de desmoralización y de creencia a las máximas empolvadas de la revolución o es más bien un deterioro cierto y profundo de una organización sin fin y sin fines como lo expresa en su libro Daniel Pecaut?

Y entonces ¿cómo aventurar nuevas posibilidades para la paz si el escenario a veces poco discreto y dedicado a las descalificaciones de la paz y la dinámica no cambia? Jurismau, citando a Estanislao Zuleta, habla de los defectos de la racionalidad de la izquierda, a la que le falta una dosis de reciprocidad lógica que solo le da razones a las causas propias y no a las del enemigo.

Una zona común entre victimas y desmovilizados explorada desde la música.

El otro capítulo es el de las víctimas que empiezan a aceptar la propuesta de la justicia restaurativa que los enfrenta a sus victimarios y en experiencias como en la del programa “Canto Unido”  se juntan en una iniciativa de reconciliación, en un proyecto artístico común. Es en ese proyecto en el que quizás resuena el permanente canto de guerra y también el dolor de los agredidos. Son señales también de otra zona común.

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