Edición 367

El tapabocas celestial

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Freud y sus congéneres deben estar sobrados de lote en la mente de los acuciosos creativos de imagen de diferentes gobiernos. La teoría del comportamiento de masas en cada sociedad está en boga. Cuando hay un interés soterrado, llámese miedo o ganancia,  ellas se mueven en cadena hacia donde la rienda lleve. La masa obra como caballo encabritado y va detrás del señuelo que le muestran.

 

Esto de la fiebre porcina ha desencadenado las conversaciones, las fantasías, las conjeturas y ha movido opiniones alrededor del pobre animalito odiado por vegetarianos y algunas religiones. Y ha revolucionado las bolsas de New York, Alemania y las conveniencias de  gobiernos. El cerdito Babe y su hermano sonrosado Rudy han tenido que esconderse en el cuarto de trebejos.

Nunca antes, ni la peste bubónica ni en Irán el tapabocas había causado tanto ruido. La senadora Cecilia López le pidió al ministro de desprotección que importara un millón de esos pañuelos para los 44 millones de colombianos, el consejo gremial pidió vacaciones para las escuelas y colegios y se condolió de los trabajadores que tuvieran la gripe o que tosieran durante su jornada laboral. Las emisoras consultaron, hicieron entrevistas, las alcaldías imprimieron celosamente cartillas para indicar cómo se usaría el tapabocas. Y hasta el cerdito Porky ha sido modelo para que los niños salgan de compras y no se vayan a infectar.

Y cosa grandiosa. El colombiano no se volvió a preocupar por la corrupción de nuestros pánfilos burócratas de la patria, ni de la ineficiencia de los ministros, ni del alto índice de desempleo, ni de la crisis económica mundial, ni del alto costo de la gasolina, ni de la extradición de los que ocultan coordenadas y tienen que indemnizar sus víctimas.

Con sólo el tapabocas, - que también cubre la nariz – ha aparecido el remedio para hacer desaparecer los hedores que nos aquejan. Todo el mundo está guardado en casita mirando las condecoraciones que recibe nuestro presidente en España e Inglaterra y cómo con el Papa mutuamente se reparten bendiciones.

Oh, Colombia, tierra bendita para quienes invierten en Mosquera y Jauja. Oh, Colombia passion, vendedora de ilusiones y promesas. Oh, Colombia, acostumbrada a las baratijas que nos trajeron Colón y sus conquistadores, primeros inversionistas en nuestras eras. Oh, Colombia, país cantado por Saramago en su novela La Ceguera.

El taparrabos de nuestros aborígenes ha pasado a ser el tapabocas del pueblo colombiano. Y sería deseable que fuera un poco más grande para oídos, y también para los ojos. Viviríamos felices sin peligro de contaminación visual, ni oiríamos tanta mentira oficial.

Ni al magistrado Pinilla, ni a presidentes de naciones, ni a ministros, ni embajadores hemos visto con tapabocas. Mas sí le han colgado la propaganda a los sumisos policías, a las vendedoras de papa en los supermercados y los niños de colegios están felices con el nuevo juguete que se ha acabado en droguerías. Esta es la pandemia del tropicalismo y la tontería como de Reynoso en la cancha.

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