Edición 355

La tranquilidad por lo hecho

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La tranquilidad por lo hechoHa llegado el final del año. Un río de días y de hechos ha corrido por debajo de nuestras piernas y se ha ido hasta el mar de la inconsciencia. Allí dormirán ellos, unos sin pesadillas y otros darán vueltas en la cama.

De lo que hayamos hecho solo nos quedarán ganancias. Porque la experiencia es madre de la vida. Todo lo que hayamos enfrentado nos deja enseñanzas o cicatrices, alegrías o escarmientos. Haber realizado acciones, nos permiten tener un inventario de rutas, de ensayos, de victorias y derrotas. No importa el resultado de lo que hayamos emprendido. Queda la satisfacción de haberlo intentado, de haber trabajado, sudado, de haberle dado la batalla a las dificultades y huracanes. Y eso queda como un triunfo aunque el resultado haya sido adverso.

El catecismo o canon de trabajo que nos enseñó Astete era una retahíla de actos que tildó de pecados. Hacer "algo" contra la ley divina o humana era pecado, fuera así por palabra, pensamiento, obra u omisión. Hasta la intención oculta en una pequeña neurona que nunca hizo timbrar nuestros nervios y músculos para actuar era sancionada por mala y debía uno arrepentirse.

Ese modo de pensar ha caducado. Lo que uno no hace, la omisión de una acción a cargo es lo que debe reprocharse. Lo que uno hace siempre será una ganancia, así uno sea castigado porque se equivocó. Hasta en la cárcel, el hijo paga ante sus padres, ante la sociedad, ante sus víctimas y puede rehacer su vida. Pero, lo que uno no hace y le correspondía ejecutarlo se ha de considerar como un fracaso. De lo que no se hizo no queda una memoria, ni recuerdo. De los inútiles, medrosos y desocupados jamás se ha escrito un libro.

De no actuar no queda rastro, de no intentar no queda una experiencia, el mundo no se mueve por la inacción del ser humano. Solo el trabajo, la acción, el movimiento de la mano, el accionar de un botón en una máquina o el paso de una página que nos da la pista, hacen que surjan la invención, el descubrimiento, la llegada al destino o el fruto de una semilla echada en tierra. Los verbos en el lenguaje los debe poner a funcionar el hombre para que el mundo progrese. Encender la luz, abrir una puerta, descifrar un acertijo, esquivar un golpe, o vencer la oscuridad o salvar un obstáculo.

Pecado es no hacer lo que uno debe hacer. Cuántas cosas quedan sin existencia o fracasan porque alguien no fue, no se hizo presente, no ordenó, no cumplió la cita, no dio el primer paso, no terminó una carrera, no retrocedió ante un peligro anunciado.

La vida es sabia y nos permite estos descansos de fin de año. Algo de paz trae el ambiente que se crea en estos días. Las empresas dan vacaciones y se dan una tregua en el frenesí de los resultados y ganancias, la familia se reúne, hay tiempo de meditar y planear y enmendar los pasos. Ese espacio es necesario en esta sociedad que nos lleva de la nariz como perrito faldero.

¿Qué capital hemos acumulado con nuestras experiencias, cuáles son nuestros activos y las cualidades que nos hacen tener éxitos? ¿Qué hemos dejado de hacer que nos ha alejado de merecimientos, recompensas y honores? He ahí una tarea fructífera de hacer para empezar bien el año que comienza.

*Los pensamientos, opiniones y expresiones de los columnistas son libres y no influyen, condicionan o significa el criterio editorial de Buque de Papel.