Edición 363

Juventud, tesoro, juventud, nunca ida

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Juventud, tesoro, juventud, nunca idaRubén Darío no fue un profeta, ni mucho menos un pontífice que hablaba excátedra, infalible. Fue un poeta, clarividente, fabulador y sabía tocar la trompeta y los clarines. Con fortuna dijo que la Juventud era un tesoro, que habitaba en el ser humano.

Esa es la virtud de quien nació para ser poeta. Poder decir verdades que nadie podrá desdecir ni podrá repetir sin caer en la banalidad y la obviedad y, de paso, volver una metáfora en lugar común y silvestre.

Haber dicho Darío que la juventud es un tesoro, equivale a haber descubierto lo que los 40 ladrones ni Alí Babá no encontraron. En cada mujer o varón o gay la juventud no es un espejo pasajero como el que nos contó Oscar Wilde en que se miraba Dorian Grey. Es un estado, que si se administra bien, puede perdurar hasta la muerte, sin necesidad de liposucciones o afeites, estirones de cara y láser en las arrugas y los párpados.

El estado de niño es también posible encontrarlo intacto en muchos individuos, como enfermedad, placebo o modo de hallar solaz al volver la mirada y los pasos a los primeros años. Mas la juventud es un conjunto de bríos, modo de concebir y enfrentar la vida, que se conserva y se aprovecha como un capital intangible o inmaterial en cualquier época del ser humano.

Antes la juventud se ubicaba en la franja estrecha de los 15 a los 25 años. Era una etapa de excesos, fogaje incontenido, alas extendidas con los ojos entrecerrados. Hoy los sicólogos lo han ampliado hasta los 35 años. Porque la juventud es un corcel indómito, con la pasión entre los belfos con freno que brota con espumarajos y exhala el sudor por entre el brillo de ijares y frente, caderas, muslos y pecho.

Juventud, tesoro, juventud, nunca ida¿Acaso no se dan estos mismos signos en la edad llamada madura? ¿Acaso el amor no se ha cantado hasta para los caballos viejos que relinchan y corren por entre barbechales para encontrarse con su amada?

La juventud es también un estado del ánimo y una disposición a la acción que distingue de la senectud, época de quietud y reposo. Ya el ritmo afloja las riendas y los pies se vuelven cansinos. La mirada se torna lejana y los ojos pierden su brillo. Las manos tiemblan y los pensamientos escasean. El recuerdo se desvanece y la conversación no tiene el picante del humor y la presteza en la respuesta.

Oh, juventud, edad de héroes sin bandera de rebaño ni patria, canción épica ensartada en las venas y músculos, ardor que invita al arrojo, al amor y al desvarío, expresión de libertad y poderío como lo describiera un día Epifanio Mejía de los hombres antioqueños.

¿Quién en sano juicio despidió un día de sus carnes a la sangre para se fuera porque las venas ya no la necesitaban? ¿Quién, acaso, desdeñaría ser un alazán de cascos duros y paso elegante, no soportar el freno y andar por cascajales en busca de pasto maduro, como lo hizo un día Aristóteles, aquel armador griego que conquistó a la bella Jackie?

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