Edición 353

La fiesta de la vida

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La fiesta de la vidaEn Popayán se reafirma la vida. El Festival de Música Religiosa 2013 abre sus puertas del 19 al 30 de marzo en un marco de expectativas nunca fallidas.

No hablaré del desarrollo programático del evento. Los medios de comunicación nacionales y foráneos lo registran como noticia de primera línea. Debo intentar plasmar su identidad, su filiación respirante y fecunda, el brazo que a lo largo de once días proyecta el misterio del vuelo bajo el recogimiento de una ciudad colombiana del sur.

Alguna vez escribí una nota que titulé "Stella de Popayán", en referencia a la mujer que es el alma de este festival, el más antiguo del mundo y el más importante de Latinoamérica. En esa ocasión intenté plasmar algo de la decantación espiritual de Stella Dupont hoy volcada en una labor llena de complejidades y sacrificios. La gigantesca obra, nacida del empeño visionario de Edmundo Mosquera Troya hace ya medio siglo y fortalecida con el tesón y talento de su compañera, es despliegue sinfónico de primera magnitud y prueba constante de amor a Popayán.

Para osar embarcarse en esta aventura, hay que decidirse a pensar la música, a recorrerla, a desnudarla. Contadora de una historia que empezó cuando el aire era único navegante del vacío, Stella Dupont encontró la manera de hacerla caminar. Le dio la mano en un mundo distinto. Hizo pan de su trigo para los más necesitados y deleite melódico para los menos sordos. Respetó sus ausencias y celebró su llegada. La sentó a su mesa y ya, ganada su confianza, esa criatura venida de ignotas claridades, le tendió la mano y le reveló su secreto.

La fiesta de la vidaLa música es el arte de organizar sensible y lógicamente una combinación coherente de sonidos y silencios utilizando los principios fundamentales de la melodía, la armonía y el ritmo mediante la intervención de complejos procesos psico-anímicos, dice el diccionario. Pero esa definición corresponde solo a la armadura, única dimensión al alcance de nuestra limitada percepción. Para saborearla y sobre todo para orientarse en ese laberinto que no tiene cabida ni siquiera en los encantamientos de la fábula, es necesario nacer para sentirla y entenderla.

Por algo George Steiner, uno de los pensadores más prolíficos de esta era, la señala, con las matemáticas y el lenguaje especulativo en el cual incluye a la poesía, como único medio redentor de la territorialidad humana. El Festival de Música Religiosa hace cada año de Popayán una ciudad cosmopolita, llena de sonidos que tocan lo más fino de nuestra materia y lo más oculto de nuestro reservorio espiritual. De una mano maestra nos conduce por senderos no intuidos, nos descubre paisajes y colores no vistos, nos educa el oído y nos enseña que más allá de lo inmediato, una mujer rodeada de un equipo valioso, trabaja arduamente los 365 días del año para ubicar a Popayán en un lugar de selección en el refinamiento y evolución de la especie humana.

Estas líneas son hijas de una visión elemental. Solo palabras desprovistas del conocimiento necesario para bucear y extraer conclusiones sapientes. Admiración y agradecimiento de una ciudad que hoy sabe oír y entender el rico lenguaje del silencio, que aprendió a sopesar el valor de la abstracción melódica y a sobreponerse durante los momentos iluminados de un concierto a las miserias, las incomprensiones y los desajustes de un camino que nunca terminaremos a recorrer.

*Los pensamientos, opiniones y expresiones de los columnistas son libres y no influyen, condicionan o significa el criterio editorial de Buque de Papel.