Edición 359

Calma chicha en el proceso de paz

PDFImprimirCorreo electrónico

Calma chicha en el proceso de paz"Vallejo ha muerto, le pegaban

todos sin que él les haga nada,

le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos

los días jueves y los huesos húmeros,

la soledad, la lluvia, los caminos..."

Cesar Vallejo en: Piedra negra sobre una piedra blanca

Con mucha euforia comenzó el proceso camino a la paz en este país unas veces lleno de espinas, cilindros-bomba, promesas del Gobierno, desatinos del Congreso y otras con carnavales, festivales de poesía y reinados de confetti.

Muchos viajes, viáticos, fotos en moto Harley Davidson, hotel de lujo, lavatorio de pies y masajes, retrocesos con torpedeos por la derecha: en fin, un tirafloje democrático en este país ultramacondiano en donde pueden aparecer de día diablos en Airbus y ángeles violados o muertos en hospitales.

Sabemos, por anticipado, que la paz, en vez de ser una paloma blanca perfumada, con corbata y dócil, se ha convertido en una resbaladiza sanguijuela que desangra el erario y que no se deja agarrar.

La paz tiene muchas aristas, también, como monumento de vidrio martirizado, lleno de sangre, de dudas, de cabellos despeinados. A veces la paz es un objeto no deseado. Cuesta tanto reconocerlo después de más de 60 años de tropiezos, caminatas por la selva, incendios en pueblos y bosques e inundaciones no atendidas.

Cuesta pensar que la paz es sinónimo de descanso, de silencio productivo, de trabajo justo y bien pagado, de justicia rápida y eficaz, de defensa de nuestras riquezas naturales y patrimonio inmaterial, de obras terminadas y sin mordida. No. A los colombianos se nos ha perdido en la memoria la cara de esa señora digna y serena que camina por plazas de mercado, que saluda y da la mano.

No es una reina, no es una mula muy bien trajeada, no tiene su cartera llena de dólares para visitar moles, boutiques, casinos con cadenas de oro en las muñecas y collares de mil dólares al cuello. Así la han convertido nuestros políticos y amigos, nuestros embajadores, nuestros narcotraficantes, concesionarios temporales y dueños de empresas que talan árboles y contaminan ríos. Van en jets personales, pasan raudos en sus camionetas con vidrios ahumados, con gasolina oficial, como dueños de toda la situación. Lo que menos hacen es pensar en lo que se dice en entrevistas: una paz anhelada. Ellos no sufren porque tienen una nube dorada de escoltas y el erario a su disposición. Ellos sí descansan en paz todas las noches y los días.

Si se ha pensado en estos días de perdón, de pasión, de cruz, de besos de pies, de muerte y resurrección, eso tal vez hará relación a la guerrilla, a los bandidos, como dicen los coroneles y generales y capitanes por TV. No nuestros buenos ganaderos, nuestros piadosos congresistas, nuestros generosos empresarios, nuestros probos jueces. No, no. Ellos tienen ganado el cielo. O, mejor, ellos al fin han comprendido que el cielo es aquí en la tierra y que el infierno no es para ellos.

Es para los trabajadores, para la gente de la plebe, para los LGTBI, para los negros, para los cafeteros de parcela, para los paperos de pueblo, los arroceros sin máquinas recolectoras, para los cañeros de ingenios como en El Alférez Real. Ellos sí están probando lo que es el infierno y lo que es la paz que buscan en el paraíso de Cuba en el Varadero que acondicionó Al Capone con su gracia y suavidad. Esa fue mi meditación. Mi devoción fue pensar en César Vallejo y su aguacero.

En fin. ¿Deberemos seguir pensando en la paz, como mansa paloma, blanca, bien comida y pagada en una fábrica, en un almacén, en una plantación de caña y sin ejército de 450 mil efectivos y 7.000 muchachos?

*Los pensamientos, opiniones y expresiones de los columnistas son libres y no influyen, condicionan o significa el criterio editorial de Buque de Papel.