Edición 369

Invitados a la cena de pan y vino de la palabra

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Invitados a la cena de pan y vino de la palabra Convidar a cenar siempre ha sido señal de amistad, familiaridad o de compromisos sociales. Sentarse a manteles y alzar las copas, probar las delicias de los manjares hace que el cuerpo con sus sentidos se alegre y exprese la felicidad de estar con los amigos y contertulios.

Cenar, pues, pan o sancocho, mariscos o caldo con papa, vino y tabla de quesos, es buen instrumento que mide lo que una cultura ofrece y une a hombres y mujeres para cumplir propósitos.

En la antigüedad se celebraban las bacanales en el verano y las deidades se reunían en sus fiestas en selvas y fuentes. Cuentan que las brujas bajaban a un prado a bailar sus aquelarres. Nixon y sus amigos tramaron su triunfo en el salón famoso del Watergate. Nuestros presidentes han acostumbrado cenar en horas de la mañana en Palacio para convenir la agenda parlamentaria de cada período.

Jesús, a punto ser crucificado, cursó también invitación a sus doce amigos a la casa lujosa de José en Arimatea, a una Cena, de pan y vino, en donde se firmó el pacto de la pasión y se fraguó la traición de Judas.

El Museo Rayo por medio de sus directores, Águeda y Juan José, este año cursaron invitación a una Cena íntima en su sede de Roldanillo. En la víspera, en la Capilla llena de La Ermita, que celebra sus 410 años, el Cuarteto La Suite con Julieth Marcela García, Luis Fernando Roldán, Andrés Bermúdez y Steven´s Vanegas, estudiantes de la Escuela de Música de la Universidad Tecnológica de Pereira interpretaron música Barroca y Clásica de Bach y Mozart y melodías de corte romántico.*

Sus tres salas estaban aderezadas con lujo. En una de ellas se servía el plato de Omar Rayo, con raíces grises, bejucos tiernos y mucho erotismo. En otra el maestro caleño Diego Pombo había preparado un banquete de color y trazos finos. Estaban invitados obispos de bonete rojo, generales con sus estrellas, mujeres con medias de punto sobre un columpio. La mesa estaba debajo de un árbol frondoso y verde. Y en la tercera estaba un plato de un mar de ojos mirando servidos por el maestro Rodolfo Abularach. Podíamos ver a los ojos de Níobe, Agamenón, Cloris, de Elena, ojos azules, castaños y en éxtasis, entrecerrados.

Y faltaban otros platos igual de fuertes. En otra sala estaban 21 maestros de grabado sobre metal con sus discípulos. Ni Miguel Ángel reunió jamás a tantos maestros en su taller. A su cabeza estaban Rodolfo Abularach de Guatemala*, Diego Pombo* de Cali y Édgar Correal en medio de punzones, colores y ácidos.

En una sala intermedia estaba un plato muy esperado. La poetisa laureada Marga López estaba rodeada de una corte de más de 30 talleristas que trabajaban a su lado la palabra. Ese jueves tenía sobre la fuente Una historia de la Lectura del argentino-canadiense Alberto Manguel y otro del filósofo toledano José Antonio Marina, que compartía en voz alta. Marga los invitó a escribir historia de cómo aprendieron en su niñez a leer. Al final uno de los jóvenes se proclamó Pomboernista.

Ah, qué cena tan apetitosa esta de la palabra pacífica, de la pintura llena ojos sin sombras, de un Bolívar junto a mujeres negras, de grabados en los que se hunde el punzón sobre el metal y de las raíces grises del bejuquismo que nos dejó el maestro Rayo en manos de Águeda. Colombia se alegra con esta fiesta por esta época cada año y Roldanillo muestra al mundo lo que el arte hace por un mundo en paz.

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