Edición 353

Muertos que visten de camisa azul y sin sombrero

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Muertos que visten de camisa azul y sin sombreroDe pequeño, casi infante, oí nombrar al pueblo cundinamarqués San Bernardo. Ni entonces ni hasta ahora he ido a pisar y besar su tierra. No me acuerdo si fue por la política que alguna vez mi padre debió ir hasta allá. Toda Cundinamarca, desde su nombre, despierta en mi imaginación sensaciones ancestrales, imágenes de Zaques y Zipas, como el gran Bochica.

Cundinamarca, departamento del centro del país, sobre la cordillera central, con ríos negros y azules, llenos de aves, garzas y mariposas asustadizas. Con lagunas escalonadas al paso, piedras pintadas con achiote y punzón, con rieles de ferrocarril ya en desuso. Con sabanas frías de vacadas mansas, ovejas trasquiladas y burros con angarillas, que obedecen. Con labriegos agachados sobre los surcos sacando papa o sudando con el azadón, desprendiendo a mano el fríjol de entre el matorral. Encima el cielo con algunas nubes mira a los 101 municipios, muchos olvidados y anclados por falta de vías, otros llenos de historia, con fábricas de queso o de leche, herrerías oxidadas o naranjales y manzanares olorosos.

Ah..., cómo no ponerse arrozudo pensando en estas tierras, cuna mía. Río Negro en Pacho pasado a caballo de orilla a orilla, Susa con paseo a pie hasta la Estación del tren entre morales y mortiños morados y haciendo volar a los azulejos y mirlas descuidadas por las piedras que enfundaba entre mi cauchera. Cómo no recordar a Choachí con su mercado de plaza los domingos el día que Carmen Rosa, de 7 años, compró un marranito quemado con pito y me lo tiró por la ventana ante mi rechazo.

Pero... casi se me olvidaba que titulé esta crónica sobre San Bernardo, por un texto que encontré en Palmiguía. Su clima es templado. Ni es frío, aunque allí se halla el Páramo de Sumapaz y no es caliente, aunque se da el café de donde sale el tinto. El área municipal es muy pequeña pero tiene las lagunas Negra y Los Currucuyes.

Muertos que visten de camisa azul y sin sombreroLas metrópolis nos deslumbran por lo populosas, por los rascacielos, su pujanza, su ruido y comercio, por sus parques, avenidas y vida nocturna. Pero los municipios pequeños son como esos cofres de bailarina y timbre. Tienen sus secretos y encanto cuando se abren. No es difícil encontrárselos cuando uno llega a su plaza y conversa con los parroquianos. Sí. Porque allí se vive como en un convento. Hay silencio, respeto, no hay grandes tumultos, se oyen los trinos de los copetones, se come tamal, almojábana y se toma mazato.

En San Bernardo la sorpresa son sus momias. Viven, si así se puede decir, solas o por parejas o de pié recostadas contra la pared. Como quien conversa en la iglesia o en una sala de sauna. Unas están cubiertas con sábana, otras duermen con camisa y pantalón, y hasta con zapatos. Unas momias conservan el pelo y otras lucen calvas, pero sus uñas gozan de perfecto estado.

Si usted es amigo de las momias, es obligatorio que vaya en bus y al llegar al pueblo se dé un paseo por entre la vegetación llena de color. Allí reposa la vereda donde parte de una población descansa vestida y sin respiración artificial. De paso, podrá entrar a Fusagasugá y conocer la sabrosa villa de Arbeláez con su antiguo hospital. Y, por favor, llévele saludes a toda esa congregación de momias aunque ya no rían ni bailen y guarden sus ojos en cuevas sin cejas.

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