Edición 363

La complacencia de los mayores

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La complacencia de los mayoresAparece hoy en la serie de la galería que publica semana.com una foto de la cara de una niña nepalesa. Sentadas frente a ella una ronda de mujeres la admiran con velitas prendidas en sus manos.

La escena ocurre durante un festival en la India. La niña Kumari, - puede serlo desde la primera infancia -,* privilegiada por la casta, ha sido escogida como símbolo y luce ataviada conforme a los ritos.

Esta costumbre hindú se nos presenta como algo raro en el periódico. Es una faceta nueva para el colombiano, tal vez. Pero en ese país es un suceso común de su cultura. La globalización y los medios de comunicación hacen posible que conozcamos detalles muy importantes sobre el modo de desenvolver los roles de la mujer y las manifestaciones aceptadas por las reglas sociales de esos países lejanos.

Una Kumari es una niña o jovencita que a los ojos de sus mujeres y su pueblo muestra rasgos que la hacen merecedora casi de un rango y culto divinos. Hay casos, dice la fuente, en que esta selección puede empezar a los cuatro años. Debe vivir en un palacio y su aún su comida es tan ritual que se designa como el pura. La Kumari actual fue elegida en Katmandú y se llama Matina Shakya.

En nuestros países occidentales ocurre algo parecido, no solo en las castas altas de la sociedad, sino en las humildes familias. Y, en general, esta era de tratados comerciales, de medios de comunicación, tan veloces y fáciles, ha permitido que la sociedad de consumo meta la nariz en cosas tan suntuosas como los reinados de belleza. Hay un prototipo nacional que es el reinado nacional y en él se invierten millonadas, se lucen vestidos de renombrados estilistas, se celebran banquetes para anoréxicas, desfiles y carnavales en las calles. Las elegidas, maquilladas y afeitadas se pasean en carrozas, yates y obtienen premios y prebendas en clubes y casas comerciales. Y este lujo se copia en pueblos pequeños y barrios de periferia.

De la mujer casada, atada de por vida a los oficios de la casa, del velo sobre la cara y la mantilla sobre los hombros para ir a misa, unas pocas rompen esa costumbre viril y se salen de las normas asignadas a toda mujer común. El dinero y el poder trastocan los papeles no solo de los hombres. No solo de la sociedad civil y comercial. También penetra en la milicia y las iglesias.

Ya se va volviendo una rutina que al abrir los noticieros aparezcan mujeres de la política, de los negocios oscuros, de la farándula, de los convenios entre los votos religiosos y las urnas, que se salen de los roles tradicionales. Ellas visten de gala en la cárcel y no cumplen con el estricto régimen paulino de guardarse en casa ni de atenerse a las reglas del matrimonio usual.

La sociedad parece, entonces, como un acordeón que se estira en la fiesta. Los mayores miran con complacencia estos devaneos, mientras que la mujer sumisa y el hombre común deben sufrir el yugo de los hombres del Congreso. Ellos legislan férreamente para mujeres y hombres en una sociedad pasada de moda y parece que todo fuera normal.

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*Información Wikipedia y fotografía Semana.com