Edición 368

El lagarto pierde su cola, pero…

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El lagarto pierde su cola, pero…"En El segundo sexo, Simone de Beauvoir nos trataba de explicar que no eran ni el matrimonio ni la maternidad en sí lo que criticaba, sino las condiciones materiales y culturales que rodeaban estos eventos y que los volvían insoportables."

Florence Thomas

En las sociedades humanas suceden cambios paulatinos en sus culturas. Unas son prominentes, otras suceden por debajo de las cobijas. El cambio es inherente a la condición de seres en busca de un mejor destino. El hombre no es una varilla de acero incapaz de doblarse u oxidarse.

Y el lenguaje, las palabras, - sus significantes -, de los idiomas, también están expuestas a cambios en su significado. Es una ley en la fonología y la ortología. El uso diario de una palabra, se puede ir modificando a medida que el pensamiento se afina y las costumbres lo exigen. Las palabras siguen prestando sus grafías y fonemas al hablante o escritor, pero de manera muy imperceptible van perdiendo su inicial significado.

Florence Thomas en El Tiempo hace una inteligente petición a sus lectores. Que le ayudemos al idioma a encontrar otra expresión para reemplazar al amor estable entre dos seres humanos, que no sea la polémica palabra matrimonio, de extracción de la antigua cultura romana.

La realidad es que esa palabra perdió el valor inicial que tuvo en el derecho romano junto a su similar patrimonio. La cultura romana heredera de la griega no era igualitaria en conceder derechos al hombre y a la mujer. El hombre era un símbolo ante lo público, era el que hablaba en el ágora, en el foro y el que competía en los juegos florales y en las justas olímpicas. Y los hijos en la Grecia eran cuidados por el Estado. La mujer era un objeto casero y debía obediencia civil al dóminus. No era un mandato de Zeus o Júpiter ni muchos menos de Afrodita o Juno.

En Roma el padre tenía como su patrimonio a la mujer, a los hijos, a su casa y terrenos. La mujer era tratada sin dignidad, como un objeto y era propiedad del varón. Debía su cuerpo, su belleza y su fuerza de trabajo al Dominus y Pater familiae. Esa es la herencia que estas sociedades colonizadas hemos recibido del Derecho Romano.

Florence hace alusión a la palabra usada en la cultura francesa mariage. "Por eso les tengo que confesar que, en este sentido, prefiero mil veces la palabra francesa mariage, que no connota su contraparte patriarcal", dice. He buscado en el diccionario de Arturo Cuyás la acepción de mariage: Casamiento, boda, matrimonio, enlace. Faltaría, - agrego yo -, contrato, convenio.

¿Por qué, entonces, apegarnos a una palabreja que ya perdió la cola, que ya perdió su connotación inicial y quedó en el diccionario como una anacronía? Andrés Bello, el sabio venezolano la utilizó cuando compiló las normas que hoy se llaman códigos civiles en varios países suramericanos. Pero están en mora de redefinirse y reformarse.

¿Por qué, entonces, ese rifirrafe, entre cristianos, laicos y descreídos en el Congreso por aferrarse a una palabra que hace siglos perdió su significado jurídico? Que el señor Vélez ordene a sus notarios que empleen la palabra contrato, convenio amoroso, arreglo amistoso y legal. Y que se destierren para siempre aquellas palabras que siembran enemistades y peleas de cruzados de una Edad Media latente: matrimonio y amancebamiento. Pero que no haya discriminación. Que no haya una palabra santa y la otra execrable y crápula como lo sugiere Gerlein.

*Los pensamientos, opiniones y expresiones de los columnistas son libres y no influyen, condicionan o significa el criterio editorial de Buque de Papel.

Imagen tomada Desde las gavetas de mi escritorio.