Edición 369

Al ermitaño entra el escalofrío

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Al ermitaño entra el escalofríoEl escalofrío no es una enfermedad. Es un estado del cuerpo debajo de las cobijas, - pensó el eremita en la mañana al abrir los ojos. Lo había experimentado en algunas ocasiones y sabía que era como un rechazo al viento, al calor, al frío o a la mezcla de la bilis y las emanaciones dentro de sus entrañas.

De todos modos no se pudo levantar. Sus piernas flaqueaban y el equilibrio corcoveaba en su derredor. Puso una piedra bajo su cabeza y se dispuso a llamar en su ayuda al sueño. Sus muslos, sus caderas, brazos y espaldas le punzaban como agujetas. Ya lo había sentido otras veces y el reposo, unos paños de agua tibia le refrescaron entonces las embestidas del acoso dentro de su organismo apenas con carnes suficientes.

No supo cuántas horas estuvo así. Recordó por momentos que el tiempo marca cero cuando no hay referentes para medirlo. Su persistencia en alejar el martirio a que lo sometían la fiebre y el frío fueron los únicos protagonistas que contaron las horas de desazón que entumecían y amasaban como una masa con levadura estómago, pecho y pantorrillas.

La mitad de la noche sería cuando el calor y una gotas frías bajaron por su frente anunciando que la escarcha y el sudor habían cedido su punto de apriete a sus huesos y musculatura. Despacio se volteó en su lecho a ras de la tierra de su cueva y lento fue alzando su humanidad hasta ponerse en pie. Había vencido el embate de dos fuerzas contrarias que se habían introducido furtivas en su sangre y fortaleza acostumbradas a ascetismo.

Las batallas del hombre son de variadas causas y formas. Unas veces son como piedras monumentales que se yerguen y amenazan cortar el paso, otras piedrecillas por las que se resbala el ser humano y cae en un fondo como Alicia. La enfermedad con sus caras y visajes, la sensación de fracaso que adormila la acción e insensibiliza la imaginación se dejan ver y el desaliento por fijarse metas innecesarias o que inducen a la comparación con lo que ejecutan otros a su lado. Esas batallas, - pensó – son más peligrosas y no se calman con paños húmedos y tibios.

Al ermitaño entra el escalofríoEl eremita, entonces, puso el turbante sobre su testa, bebió de la jícara presta sobre el poyo de su cama un poco de agua de hierbas. Su garganta sintió el paso de una frescura que necesitaba y, resuelto, salió a la intemperie a esa hora y caminó según el rumbo que su cuerpo y sus piernas lo llevaran. El desierto, allí donde habitaba, era inmenso y no había senderos ni señas ni fronteras. Podía dar vueltas, rodar, rozar sus pies sobre la arena que lo amaba y comprendía.

Poco a poco su ánimo se fue fortaleciendo. Ya había desaparecido el holograma del escalofrío que lo había poseído por unas horas. Estaba sereno, miraba la oscuridad del paisaje y supo que era amiga y confiable.

Cuando en el horizonte divisó la veste del Alba que flameaba, hizo pausa y devolvió sus pasos hacia la delicia de su eremo.

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