Edición 363

Holograma para un padre

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Holograma para un padreLa imagen del padre, del hombre que se convierte un día en feliz autor de la vida de un ser a quien llamará hija o hijo, es la etiqueta más preciada que pueda colgarse en su pecho. Podrá ser mendigo o rey, ilustrado o ignorante, tacaño o generoso, pero para él su más rico tesoro es el ser que un día salió del vientre de una mujer como de la caverna de Alí Babá.

No hay sonrisa ni felicidad más completa y continuada que la que se dibuja en el rostro de quien sale a trabajar a diario para conseguir cobijo y comida para su polluelo. Pasarán los días y los trabajos y sus hijos siempre serán los ojos por los que mire. Llegarán a ser mayores y él los tratará con la misma ternura con que los acarició el primer día.

En el corazón del padre habrá dos recintos. Uno para guardar los afectos de los hijos y otro para los demás amores y preocupaciones. Sea que estén cerca o que hayan buscado su suerte en otras latitudes ese lugar estará siempre calientico y presto como un nido de oropéndola. Sus ansiedades, vacilaciones, proyectos, tristezas y alegrías estarán incluidas en su diccionario y pensamientos. Serán parte de su comida diaria.

Holograma para un padreEl padre lleva una alforja en su pecho que no es una carga. Allí va recogiendo como el copetón no solo las minucias diarias sino los recuerdos de fechas y ocasiones. Mejor que una cámara de video repetirá las escenas antes de emprender el viaje a la región del sueño o cuando aparecen nubarrones en el horizonte. Es como un agua pura de oasis que crece y baña las arideces y la melancolía cuando se vierte sobre la arena de la vida.

Los hijos se alzan largos, infinitos como las figuras del Greco ante el lienzo fértil del padre. Son luminarias que aparecen mes a mes cuando llega el día de su cumpleaños o cuando nos llaman para desearnos vida y suerte. Llenan de luz los días y las noches más que el sol o las estrellas. Como lunas se mecen en la penumbra de nuestros quehaceres.

Llamarse padre es un nombre grueso, no es un apellido. En él están retratados los hijos como una línea en la palma de la mano. Ellos son cara y su sello está impreso cada que levantamos la mano para saludar o despedirnos, para comer o para peinarnos o cuando la abrimos para escribir todos los días.

El nombre de padre nace tierno cuando nace la hija o el hijo. Nunca envejece y tiene un timbre especial cuando sale de la boca de cada uno de ellos. Tiene el mismo sabor, olor y calor de la rosa, del comino, de la changua dominguera, del dátil o la almendra. Y seguirá vivo mientras los hijos existan y llamen por teléfono y escriban en la red o se reúnan para celebrar un cumpleaños o caminar cogidos de mano. Y también tiene el mismo efecto cuando alguien le recuerda a uno al hijo.

El nombre de padre es correlativo al de hija o hijo. Por eso hoy estamos felices los varones de que nos digan ¡padre!

Imágenes tomada de Destinos del Sur

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