Edición 367

Leparc en galería La Cometa

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La noción de la belleza, tan ligada en tiempos remotos al arte, parece retornar al observar la espléndida y diversa muestra que se presenta en este momento del pintor Julio Leparc en la ciudad de Bogotá. Está expuesta en la Biblioteca Luis Ángel Arango y en la Galería La Cometa, y aunque he visto ambas, sólo me referiré a esta última.

Apreciar esta sucesión armoniosa de elementos visuales es un retorno a un aspecto que se ha ido perdiendo  del objeto que tiene que ver con el arte.

No se trata de plantearse  una actitud presuntuosa para hacer creer que el arte está por encima del común de las gentes. Por el contrario, es retornar a la naturaleza de lo que ha sido el encuentro con una cierta dimensión de lo humano. Posiblemente una dimensión que es su característica, así como el pensamiento y la palabra.

Esta muestra entregada al espectador que quiera apreciarla en la galería La Cometa, al norte de la ciudad, nos ha traído una mezcla de técnicas y montajes del que uno sale transformado. Característica fundamental de lo que tiene que ver con una certera noción de lo estético.

Hay en esa sucesiva presentación, pintura (Op Art), figuras móviles y una obra en blanco, un espíritu de constante maravilla. Maravilla que fluye casi que plácidamente.  Su nivel de armonía de serenidad, atributos que ya casino se ven en la pintura moderna, cualquiera que sea su técnica, aparece de manera equilibrada, sobretodo en sus trabajos de madera y de acrílico en blanco.

Hay un cierto silencio que aparece cuando uno se plantea un contacto con cada elemento que constituye ese pequeño objeto. Ésta allí es una presencia que no remite a ningún momento pasado o futuro, como ocurriría con el arte figurativo. Esa relación es transformadora, sin duda. Es suavemente jubilosa.

Los móviles u obras construidas con fragmentos planos de metal, son también gratificantes a la vista. Renuevan y traen lejanas reminiscencias de un Calder, armonioso, casi místico.

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