Edición 353

¿A qué llamamos derechos?

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¿A qué llamamos derechos?Muchas veces invocamos que tenemos derecho a algo. Frente a vecinos, a maestros, a EPS, a autoridades municipales o ante nuestros propios padres o familiares vociferamos que tenemos un derecho.

Hemos sido educados, sin embargo, como meros oyentes o poseedores pasivos de los derechos que nos corresponden. Nos levantamos en el hogar en medio de discusiones, oímos por radio y TV a madres de familia, a campesinos o a trabajadores que reclaman en voz baja sus derechos.

Los derechos individuales nacen con nosotros, son individuales. Los llevamos debajo de la piel. Algunos son tan sagrados y sensibles que los llamamos intimidad o libre desarrollo de la personalidad. Están ligados a nuestra condición de llamarnos seres humanos. La humanidad a lo largo de los siglos ha ido descubriendo nuevos derechos, que se han vuelto visibles por el desarrollo de las ciencias sociales y se han conquistado por la lucha de grupos y por la cohesión y empuje de organizaciones.

En cada sociedad o nación en que vivamos cada individuo tiene los mismos derechos. Hay algunos derechos que no se han reivindicado o validado en algunos países porque su cultura y sus dirigentes no los admiten.

También existen los derechos colectivos que pertenecen a las instituciones o al pueblo en general. Tanto los derechos individuales como los colectivos están amparados por la Constitución.

A pesar de que los derechos existan y se hayan hecho explícitos en la Ley, por sí solos no se hacen valer. Cuando alguien sea consciente de que tiene derecho a algo no puede esperar a que otro o la autoridad se lo respeten. Los derechos no se dan gratuitamente ni le llegan a su casa, sino que se deben reclamar para hacerlos efectivos.

Las sociedades de hoy se han vuelto ciegas, antropófagas, rapaces. Los derechos, - sean individuales o colectivos - son vulnerados o puestos en duda. Los vecinos, los parientes, los empresarios o cooperativas de trabajo, o el mismo gobierno no actúan para proteger los derechos y la Constitución y la ley se pueden quedar en el papel.

Por eso los niños, los jóvenes, los campesinos, las mujeres deben esforzarse por conocer todos sus derechos y quienes pertenezcan a un grupo, deben organizarse para gozar de los derechos colectivos, como el asociación, el de protesta social, el de la paz, el de mejores salarios y seguridad social.

Tenemos derecho a nuestro territorio, a nuestras riquezas naturales, al patrimonio en el que hemos depositado nuestra historia y sudores, a nuestras selvas, ríos, lagos, humedales, flora y fauna, a nuestra nacionalidad. El Estado está obligado a preservarlos, a cuidarlos, como los dos mares, o a no extrañarlos o ponerlos en venta, como Isagén o Ecopetrol. Y el pueblo, como Nación, debe reclamarlos e impedir que pedazo a pedazo la Patria se nos escape por entre los dedos y lo presenciemos sin inmutarnos.

La Constitución del 91 abrió las puertas a la modernidad y consagró nuevos derechos que llamó fundamentales y otros menos conocidos y sin dolientes: los sociales, económicos y ambientales. Por estos últimos el Estado debe velar celosamente. Y es obligación que quienes están al frente de Él rindan cuentas al pueblo. Lastimosamente vemos que el territorio, las reservas naturales y del subsuelo se los están llevando*, sin que nadie chiste, los nuevos colonizadores extranjeros apodados inversionistas. A los habitantes raizales nos están quedando apenas los huecos sin riqueza y los cauces sin agua.

En * Semana

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