Edición 368

De bufanda y versos en Chiquinquirá

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De bufanda y versos en ChiquinquiráChiquinquirá sintió las voces de gente joven con charreteras, palillos y cajas, con bastones de mando al aire, con vestido de gala y corazón abierto para los poetas y narradores que llegábamos hasta su Catedral y Parques y calles limpias.

La Fundación Cultural Jetón Ferro con su gerente Rohman Rivera, y su corte de doce integrantes, había trabajado fuerte para lograr que los espacios, las instituciones y las actividades del Encuentro de este año florecieran con éxito. Su presidente, Raúl Ospina que tomó la bandera de manos de Alonso Quintín ya hace 31 años, debe estar satisfecho. Soplaron vientos desde arriba, por debajo, por oriente y occidente y nunca dejó que el evento desfalleciera o sucumbiera.

Quienes ya hemos probado este bocado podemos decir que se ha alcanzado un hito que pocos encuentros tienen en Colombia y América. Llegar al año XXXIV es una proeza. Y Raúl lo hace sin perder su humor, su vitalidad y sin exigir nada a cambio por la invitación al evento. Quienes llegan a estos encuentros solo traen consigo sus versos, sus cuentos, sus libros, su canto y paso alegres.

Por Chiquinquirá han pasado glorias de la literatura colombiana. Fernando Soto Aparicio, Meira Delmar, Gloria Cepeda, Manuel Zapata Olivella, Marga López Díaz y ahora le llegaba la hora de un homenaje a Pedro Manuel Rincón sin corbatín ni frac, sin ínfulas de loas ni en busca del cenit. Aquí estaban a su lado Arturo Arcángel, Fernando Cely Herrán, Manuel Boix, José Luis Díaz-Granados, Gloria María Medina, Guillermo Quijano, Gustavo García, Julio César Medina, Juan Carlos Céspedes, Eugenio Castillo Neftalí, Ana Patricia Collazos, José María Stapper.

En Chiquinquirá se habló el idioma de Julio Flórez, del repentista Jetón Antonio María Ferro, de Carlos Martín, de Javier Ocampo López, de "Pemán", de los oriundos de la tierra de las promesas, de la guabina, del queso de Ubaté y Capellanía, de las vacadas y leche fresca de San Miguel de Sema, de los valles de Somondoco y Tenza, del sumercé de Iza y de toda la sabana.

En Chiquinquirá se toma aún la changua con pan tostado y huevo, con cilantro y agua leche, el chocolate batido con molinillo, se come tamal y arepa boyacense, y nos sentamos a manteles mirándonos como vecinos. Se duerme poco y se canta hasta la madrugada. Allí es la tierra donde la lengua no está amarrada y donde se hace valer César Pachón con los paperos. Allí luchó Bolívar y nació nuestra libertad. Por esto es que ha durado el Encuentro de Raúl que se adueñó de un potro cerrero y lo mantiene contento a punta de sus chistes buenos y chispoteos con el último corbatín de París.

Al Encuentro hemos llegado con ilusiones a una ciudad pujante con parques, almacenes, cafeterías, con señoras que se sientan en taburete para mirar pasar la gente como uno. Da gusto entrar a tomarse un tinto, a recorrer los toldos y comprar baratijas y espejuelo de guayaba, a comer las colaciones y beber el mazato de las monjitas cerca a su convento.

Haber vuelto a estrechar las manos de amigos más que de poetas es una de las experiencias por las que vale vivir y viajar y soñar despierto. Volveremos a volar, a tomar el bus en la Casa de Boyacá y a oír a Manolo Boix declamando la parodia de las golondrinas de Bécquer o La casada infiel de Lorca mientras el motor da vueltas a sus aspas. Chiquinquirá habrá crecido otros centímetros más y la Laguna de Fúquene, tal vez, esté más gorda.