Edición 374

Qué fuera de Cali sin el Río…

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Qué fuera de Cali sin el Río…A la memoria de José María Vargas Vila en su forma de escribir

La compañía de un ser amado es el mejor aliciente para vivir, en medio de tanto smog, ruido y escenas de mendicidad en nuestros alrededores.

Que la Ciudad, caliente y con gente franca, tenga el Río que la baña y refresca, es un privilegio. Así como París tiene su Sena, Roma su Tíber, Londres su Támesis, New York su Hudson o Brujas con su Zwyn y sus hermosos canales, quienes habitamos Cali tenemos un Río. De Adán y Eva no tenemos noticia que tuvieran río en su paraíso para sumergirse en sus calores y deseos de acariciar sus cuerpos.

Otrora los caleños podían bañarse y salir de paseo por sus riberas y saltar a sus pozos por el lado del Zoológico, Santa Teresita o el Charco del Burro. Los desvíos, el descuido oficial y las sequías actuales, producto del calentamiento global, han acabado con estas delicias. Pero aún tenemos Río y será un orgullo nombrarlo y tenerlo como vecino.

El río bordea de Occidente a Oriente a Cali. Es su ombligo y desfogue. Aquí descargan sus furias los barrios vecinos, recoge sus desechos su lecho y brota, en equilibrio, su rumor, su brisa y bate en sus aguas los malos olores.

Que cruce frente a nuestra nariz el Río significa que tengamos música fija en las noches de paz y en la aurora. Enhorabuena pasan sus aguas llorando y cantando, jugando y metiéndose por entre las piedras. Es una fortuna que pasemos por encima de los puentes y lo veamos unas veces casi cristalino, otras furioso y rápido, otras lleno de barro de las receberas sangrantes.

Cuando hay sequía

lo vemos reducido a un hilo,

cuasiparalítico y casi muerto y

otras, amarillento y alegre.

El Río Cali nace todos los días en la montaña

baja como niño inocente,

desnudo y con su cuerpo limpio,

corriendo con sus bracitos.

Nos mira con ojos de vidrio

y nadie piensa que debe cuidarlo

cuando pasa por lugares poco poblados.

Inerme, parece un desvalido

del que todos quieren aprovecharse.

Unos tiran basuras, otros vierten sus heces.

Solo las aves, los peces y

unas ramas de samanes

se acercan a besarlo y

darle las gracias.

Mientras tengamos un río que nos mire y nos salude a diario, tendremos barrancos con follajes, sotos frescos de bambúes y césped y, sobre todo, sentiremos que el aire nos rozará saludable a las cuatro de la tarde.

Habrá que cuidar las lianas y helechos de sus riberas, los árboles que reciben su humedad y la protegen y las aves que le cantan y beben de él sobre las piedras. Habrá que hacerle limpieza de su vientre y sus ingles, de sus barbas y sus axilas para que no exhale malos olores ni se atasque en tiempos de invierno. Y, sobre todo, para que las garzas negras y blancas, las alondras y las mariposas se amañen y alegren nuestro paisaje. Hoy hemos pasado por allí y solo vimos las dos garzas blancas y la cigüeña. Las negras se han refugiado en un lugar más seguro y parecido a su hábitat.

Todo esfuerzo por fortalecer su lecho y sus aguas será poco. ¿A quién le toca esta urgente tarea? ¿Por qué en otras ciudades del mundo se han podido conservar los ríos con enorme caudal y son navegables? No esperemos que se nos acabe esta fuente fluvial y tener que contarle a los nietos que aquí... en algún tiempo hubo un río.

*Los pensamientos, opiniones y expresiones de los columnistas son libres y no influyen, condicionan o significa el criterio editorial de Buque de Papel.