Edición 359

Los picaflores

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Los picafloresMiles de troncos miran a sus padres y abuelos que van a correr su misma suerte: la tala

Faltan diez minutos para llegar a La Cumbre. Vemos con gran tristeza que robledales y viejos árboles están en pena. Grandes camiones están moviéndose para cargar miles de troncos que han aireado esta porción del Valle del Cauca. Algunos avisos dicen que hay protección para hacer la tala y previenen a los visitantes que tengan cuidado. En adelante el paisaje a su entrada será árido y triste, como lo vemos en la foto.

Aquí en las alturas de La Cumbre, picaflores, azulejos, pechiamarillos y otras aves que no distingo, recrean la vista y hacen voltear los ojos por el espacio. A las 7 am muy en punto el sonido del motor y el rodaje de una locomotora retumban a la distancia y las montañas reproducen su trac, trac, trac que rueda por laderas, cañadas y oídos aún dormidos.

La naturaleza abunda en verdor por donde cruce la vista. Allí hay un platanal joven, dos aguacates, unos guamos, guayabos, gualandayes, nogales cafeteros, yuca, maíz, papayos. Allá, eucaliptos, y cañaverales en medio de la vega, y sobre la ladera, siembras de hortalizas con sus cabecitas de verde intenso.

Anoche en caminata por entre pedruscos, pasamos un puente junto a un manantial que surte a la vereda y gozamos de un concierto muy singular. Cientos de sapos y ranas sacaban sus lenguas por entre sus bocazas y entonaban una sonata. Paraban un rato y tomaban agua para seguir su largo canto. La noche callaba y abría sus oídos para escuchar el coro. Parecían monjes con toga verde que entonaban sus melodías en gregoriano.

Los picafloresNosotros seguimos el paseo y poco a poco el rumor se perdió entre matas y flores, cercas de alambre y luces de neón.

A las 10 am, ya el sol ha salido de las cobijas y luce su cabello ensortijado de oro. La campiña ríe y las hojas del platanal sacuden el ala para saludar al viento. En la segunda planta, en donde estoy, una docena de materas con begonias rojas, narices lilas, novios rosados, claveles blancos, margaritas amarillas y un bonsai callado adornan la estancia. Una baranda de azul y anaranjado enmarcan el cuadro sobre el piso que brilla con su barriga naranja.

Todo es paz en este paraje. Una paloma emprende su vuelo hacia una palmera y el hortelano ata con cuerdas un manojo de cañas largas. La dueña de casa lo ayuda en sus labores. Ya hemos desayunado. Con jugo de mandarina, huevos pericos con tomate y cebolla, recién cogidos, arepa de maíz molido en casa, pan de La Fina y chocolate cerrero.

Como la pereza aún llena brazos, espalda, pestañas y músculos, no hay otro programa que valga. La ciudad está lejos y nadie espera. La lejanía nos acompaña y es suficiente. El silencio de los pinos y el vuelo de nubes por encima de cerros y riscos invitan a descansar. Arriba pasa un avión que no divisamos porque el cielo se ha nublado. Abajo vacas arrancan hierba, gallinas cacarean y perros envían señales a sus congéneres. Todos los sonidos del campo aparecen en escena.

Los picaflores - colibríes o chupaflores o tominejos - siguen sorbiendo el néctar encerrado en dos recipientes que los dueños han colgado en la chambrana para que ellos jueguen a las escondidas cuando vienen a libar el aguaazúcar.

Y yo sigo mirando y escribiendo, fabulando y disfrutando bebiendo montañas, arboledas, laderas y rumores que salen de matorrales, sembrados, corrales y de boca de perros, alondras, cigarras, vacas de leche y toches con frac y sombrero de copa.

Sé que estas salidas valen más que una Feria con sangre o una parranda con trago y muerte o una excursión con trancón de tractomulas en las vías primarias.

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