Edición 368

"Cuando despertó, el dinosaurio todavía…”

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No acaba de lanzar su último suspiro el fabulador más grande de América latina, Gabo, el descendiente de Iguaranes y Buendías y Moscotes. El cuervo ya se ha ido de la ventana y la noche envolvió con sábana morada al bigotudo más risueño que ha dado nuestro suelo.

Ya no volverá a probar los besos de las olas junto a su Caribe en Cartagena. Ya no tendrá más ojos ni lengua dulce para contarnos, como la Sheherezada, sus sueños con los párpados semicerrados.

Como lo hiciera Monterroso, nos enseñó a mirar como Melquiades esta patria que se nos cuela por entre los dedos. Se nos está yendo en un barco fantasma para otros mundos en containers, en forma de petróleo y carbón y lingotes de oro. Los nevados se están cayendo gota a gota. Los árboles van desjarretándose, vencidos como los gallinerales, uno sobre otro, por culpa de las sierras.

Los montes, como toros de lidia, están siendo afeitados y, poco a poco, están siendo devorados por orugas y dinamita. Los ríos, otrora con cola larga y gordos de espuma y agua, se ven sedientos y envenenados. Parece una película con cientos de Terminators con tanques y cohetes incendiarios que torpedearan con saña.

No. No es la guerrilla sola la que está lanzando cilindros en Toribío o Mondomo, Corinto o en Catatumbo. Es el gobierno con las licencias ambientales, con los aprovechamientos forestales, con los permisos para explotaciones mineras, con el cuento de las vías de cuarta generación para dentro de diez años. Se nos está acabando la Nación con su flora, su fauna, su hidrografía, sus humedales, sus selvas, sus chigüiros y garzas blancas y reservas naturales.

Parece que la vida siguiera igual, que el tesoro fuera inagotable por los siglos de los siglos como dice la cantaleta en las iglesias. Aún decimos que Colombia es un país hermoso, con inmensas riquezas, con paisajes y oasis sin que hablemos de desiertos. Suenan las cuñas pagas en las emisoras hablando de prosperidad para todos y un buen gobierno para quienes trabajan por un mal pago y un porvenir sin agua y sin seguridad en los barrios.

Y el cuento de Monterroso nos parece un chiste y la novela de Gabo nos parece una simple novela. No nos sentimos aludidos. No nos vemos en el espejo de Macondo ni nos parece que somos compradores de un fauno que en la Plaza de Bolívar nos vende un cuerno de Maravillas y vías de prosperidad.

Todas las mañanas despertamos y nunca hemos visto el dinosaurio sentado a la puerta de nuestra sala. Aunque vayamos al médico y a donde el brujo de turno nos diga al oído que nuestra suerte pronto va a cambiar. Nos ofrecen casa sin agua, policía en cada cuadra y creemos que es la vida que merecemos. Y... allá en la oficina del frente, el dinosaurio salta y come de la mano, como una mascota. Duerme contento, sin dogal al cuello y gana sueldo de alto comisionado.

San Gabo, ruega por nosotros allá en el otro Macondo, para que descubramos nuestra realidad. Santa María, ruega por nuestro almuerzo y devuélvenos nuestros muertos, rezaban antenoche una madre de Montes de María, en una escena de teatro no comercial.

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