Edición 354

Elegía a un poeta muerto

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Elegía a un poeta muertoCarpe diem,

Oh, Captain, my Captain

Acabo de enterarme que un amigo a quien jamás le estreché la mano murió con olor a poeta. Lo conocí cuando asistí a una de sus películas por allá a finales de la década de los 90. Robin Williams se llamaba y su cinta La sociedad de los poetas muertos me atrajo por su nombre.

Como si me hubieran tatuado en el brazo derecho las imágenes de ese maestro que él encarnó, de los alumnos que conquistó para su causa, de las clases que desplegó desde sus entrañas, todavía saltan en mi memoria como si fuera ayer. Me marcaron su tono, su entrega a la tarea, su amor por la libertad, por la ilusión que brillaba en sus ojos, por la fuerza del convencimiento en lo que hacía y por el acompañamiento hasta las últimas consecuencias hasta donde él sabía que debía llegar.

Elegía a un poeta muertoDesde que vi a Robin Williams, maestro que no se apegaba repetir la enseñanza libresca, que amaba lo que escribían los poetas, que invitaba a sus estudiantes a romper esquemas, a buscar luz en las tinieblas, a vencer obstáculos, a cogerse de la mano con el maestro y el amigo para encontrar el camino, siempre lo aprecié como el maestro que nunca tuve. No me matriculé en la academia donde él enseñó a romper libros y a poner sus pies sobre los pupitres y a salir de noche a buscar los rostros fantasmales de los poetas ya muertos que nos dejaron sus sueños junto a los búhos y los ruidos de brujos con cornetas en el recodo.

Con él aprendí a conversar de tú a tú con Aristóteles, Fidias, Diógenes, Safo, Emily Dickinson, García Lorca, Neruda, Silva, lo mismo que con Meira Delmar, Mariela del Nilo, Gloria Cepeda o Gloria María. Aprendí a discernir entre la escoria y la morralla y el diamante, el oro y la esmeralda, la perla de río, la fantasía del amarillo y la tersura.

Aprendí a pasar por alto la distancia del tiempo y la distancia, a ver con los ojos de los sueños, a oír el susurro de los labios de fray Luis o de Juan de la Cruz o de Cervantes a la luz de una vela en una cárcel o en un monasterio. Aprendí a oler la guayaba, la pera, el dátil, la cereza o la naranja y a extraerle el zumo de su carne y de su aroma. Aprendí que somos abejas, búhos, carpinteros que encontramos tesoros entre las arrugas de los troncos viejos en la flor pequeña a la que ni le conozco el nombre.

Elegía a un poeta muertoSé que detrás de las fotografías en sepia de un mosaico de grado o de un álbum de familia están detenidos los ojos, los años, los momentos de gloria o de sufrimiento de quienes posaron al fotógrafo. Pero sé que solo detrás de la piel, en el interior del cerebro está el valor de la gente y no en el bolsillo ni en el motor de su vehículo.

Miro con tristeza al alumno que se inmoló porque sus padres lo retiraron de la academia donde enseñaba el maestro que encarnaba Robin Williams. Y recuerdo con horror a sus padres que prefirieron llevarlo a la muerte por condenar unas ideas que no eran las de sus libros ni de su élite.

Hoy sé que la poesía, que los sueños, que un jardín lleno de margaritas, que un jarrón con alelíes o una matera con una hortensia roja o azul valen una fortuna y alegran cualquier momento triste. Que puedo dormir en un catre viejo o en un hostal de tres estrellas sin ruborizarme cuando lo cuento a mi familia o amistades. Que puedo combinar mis sueños y mis letras con mis viajes, con mi edad, con mis hijos y mi novia y que esa es mi gran riqueza.

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