Edición 375

El otro Papa bueno y sencillo

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El otro Papa bueno y sencilloCada día que pasa el Papa Jorge Bergoglio nos regala una dosis de humanidad y cercanía. Haber llegado a la máxima dignidad de la Iglesia católica y Jefe de Estado del Vaticano no lo ha alejado ni de la gente ni de valorar las cosas y sucesos del mundo y de la cultura.

Los Papas, en efecto, apenas tomaban posesión de su investidura entraban en un alejamiento en su Sede romana y se dedicaban a delegar sus funciones en las jefaturas de las Congregaciones para diferentes asuntos. De vez en cuando promulgaban a través de encíclicas su pensamiento para reforzar la autoridad o para llamar la atención en cuestiones de fe, doctrina o costumbres.

Se dejaban ver en consistorios para nombrar cardenales u obispos o viajaban a otros países donde es popular el catolicismo. Desde la ventana de la Plaza de san Pedro los domingos daba la bendición a la hora del ángelus y ofrecía su misa en ocasiones especiales a peregrinos. Pero jamás se oyó hablar, como ahora, de asuntos personales o que hicieran referencia a cuestiones como su dolor o su alegría porque su equipo San Lorenzo de Almagro ganó la Copa Libertadores de América. Sonó muy auténtico cuando dijo que ese equipo formaba parte de su identidad cultural desde que su madre iba con él al estadio.

El Papa Francisco desde que tomó este nombre sencillo, desprovisto de numeración como lo hacen los reyes y emperadores, ha mostrado que sigue actuando como uno de tantos seres humanos que viven en este mundo global. También el Papa tiene familia, dijo a los asistentes a la visita que le hizo la Delegación del Club San Lorenzo que le expresaron pesar por el accidente de su hermano y sobrinos.

Con las palabras justas, precedidas con su ejemplo vivo, ha ido sembrando frases que recuerdan a cardenales, arzobispos, obispos, monseñores, sacerdotes y laicos católicos el testimonio de austeridad, solidaridad con los necesitados, desprendimiento de bienes suntuosos y tolerancia con quienes no piensan como ellos. Su vestido, su alimentación, su ausencia de lujos en su habitación y su apertura ideológica lo han ido colocando en un sitial parecido al de Juan XXIII el Papa bueno.

Sin grandilocuencia, ni encíclicas doctrinales, ha sido su ejemplo el medio de dar testimonio de lo que debe ser un católico. No ha dejado de ser cálido en la amistad y el trato, recibió el beso en la mejilla de los directivos del Club de sus amores, tal como es la costumbre en la Argentina. Dejad que los niños vengan a mí, parece ser otra de las consignas, lo mismo que la igualdad en el trato a sus ayudantes o coadjutores a quienes ha invitado sonriente a que se sienten con él en el papamóvil en las audiencias generales en la Plaza central de Roma.

Aunque han corrido temores de que este Pastor sencillo pudiera dejar el encargo temporal de Papa por la deficiencia que desde joven lo aqueja en sus pulmones su pensamiento sobre esta realidad es muy claro*. A pesar de este hecho, en año y medio su palabra y su temple sin fuste han calado de tal modo, que su ejemplo golpea sobre su grey más fuerte que un campanazo* de la Basílica Sixtina.

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