Edición 359

Scheherazada

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ScheherazadaLa atracción por las aventuras, los hallazgos mágicos, los personajes recubiertos de encajes y secreta identidad me acompaña desde que tenía cinco años. El Fantasma, el duende que camina, con su cuerpo ceñido de un traje añil y que sella sus actos con un anillo con calavera, el enigmático Rip Kirby o el supermoderno Dick Tracy o el mago Mandrake y, por supuesto, Barba Azul y la seductora Sheherazada, cautiva de Schahriar.

El mismo nombre sugiere misterio, procedencia de un país oriental, lejano, casi inalcanzable. Era tan vívida su figura, tan alta su estatura que su contorno siempre estuvo a la distancia, como un oasis. Su continente altivo, la fuerza de su carácter, la seguridad que despertaba que más que ella era su carcelero quien estaba encerrado dentro del halo que la circuía.

Sheherazada, cereza madura en la boca, hechizada desde sus cabellos hasta sus pies, hada que embrujaba. Todo en ella era un título, una narración inacabable, una noche de luna llena con más de mil estrellas.

La imagina uno al comienzo como una esclava reina, como una mercenaria de sus congéneres más hermosas vendiendo sus placeres. A medida que avanza el relato encuentra uno que la cautiva va creciendo hasta convertirse en heroína, con el alfanje de su ceño sobre la voluntad de su captor.

No es un cuento de hadas aunque ella lo es. No es un relato de una aventura sórdida y sangrienta o violenta. Ni es la presentación de una escena vulgar y mórbida, aprovechando la belleza de una mujer en manos de un bandido que habita un lugar aderezado y donde el lujo hace prever una bacanal.

ScheherazadaAllí todo ocurre de acuerdo al talante que la hija de un Visir, que la mujer inteligente y calculadora impone. Su perspicacia es sutil, no tiene necesidad de mostrarse amenazadora ni arrogante. Parece una genia que sale de una lámpara y dice al oído del fogoso Califa hasta dónde puede llegar su atrevimiento. Quien pudo pensar al principio que tenía en su presencia a una presa fácil, se encontró con una leoncica cual hija de una gacela de sus desiertos.

Aunque las escenas de las horas - que devinieron noches enteras - prolongan una espera que nunca llegará, el lector va siguiendo con fruición el hilo que también desmadejó Ariadna en un recinto intrincado y con resultados diferentes. Ella va dejando hilachas de sus pasos en la caverna desprovista, en cambio Sheherazada va tejiendo poco a poco su triunfo sin necesidad de destejer y destejer sus intenciones como lo hacía Penélope.

En realidad, Sheherazada no tuvo necesidad de contar las noches que debió acudir a las ansiadas citas. La leyenda dice que fueron mil y más, aunque el famoso libro solo llega hasta la mitad más una. La conversación y las anécdotas fluyeron como el vino en las crateras y las aguas torrentosas del Nilo. Su voz debió ser como la de Circe que atrajo a Ulises y lo ahuyentó de otras sirenas y de la fiel destejedora.

Imagen tomada de Gioconda Belli.

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