Edición 364

El diablo comulga con hostias

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El diablo comulga con hostiasNuestra historia sigue produciendo hechos que se insertarían en el conjunto de anécdotas para una saga de Cien Años de Soledad de otro García Márquez. Son tan insólitas y casi absurdas las componendas que suceden que uno termina por ponerlas al lado de la fábula burlesca o la comedia satírica.

No solo los políticos de cuna y de espuela cometen barbaridades y fabrican escenas dignas de tirarse los cabellos, sino que también entidades que tradicionalmente han estado lejos de la cola de ellos, están ahora como cineastas creando sagas para unas películas de asombro.

Los sindicatos siempre fueron blanco de políticos de derecha y de empresarios. Muy a su pesar mujeres y hombres lograron desde comienzos del siglo pasado posicionar a los asalariados en una situación más o menos digna y justa. En EE.UU e Inglaterra se crearon hechos en fábricas que hicieron reaccionar a gobiernos y dueños de emporios a que mitigaran sus ansias de dinero y soltaran un poco su puño a favor de quienes les amasaban sus fortunas y hacían demasiado rentables sus capitales.

Tales pequeñas revoluciones sociales cambiaron para bien el panorama laboral, no solo en esas latitudes, sino que influyeron en las legislaciones de muchísimas naciones para proteger las condiciones de los trabajadores. Los contratos de trabajo, el pago de las horas diurnas y nocturnas, el pago de días festivos y horas extras fueron temas álgidos que se negociaron. Los trabajadores de todo el mundo se unieron con el grito internacional de: Proletarios de todo el mundo, ¡uníos!

El diablo comulga con hostiasHoy esa voz se ha acallado y se han burlado nuevos pactos como el de no poner en práctica el TLC con EE. UU. si no se garantizaba la injusticia que las llamadas cooperativas de trabajo y bolsas de empleo empezaban a crear el regreso a los antiguos regímenes en contra del trabajador. El panorama laboral se ha deteriorado y no hay un buen ambiente en el espectro dirigente que agrupa a los asalariados.

Ya no hay Mercados ni Cuevas, beligerantes, que alcen su mano limpia para clamar y luchar por sus afiliados. Cada octubre -nos tienen acostumbrados- se cita a sentarse a la mesa de "negociación" del salario mínimo, sin ningún reato de vergüenza. Con el consabido resultado: los sindicatos se levantan de la mesa y sigue la depredación de las conquistas laborales conseguidas con el sufrimiento y muerte de sus antiguos líderes.

Se dice ahora que Colombia no tiene competitividad laboral, que no es productiva la mano laboral en la industria, el comercio y los servicios. O sea, que es mucho lo que se paga y lo poco que se gana por los dueños del capital. Qué falsía y engaño de las multinacionales que amenazan con retirarse del país, sin que pongan un centavo para capacitación e incentivo de la creatividad.

Y, peor todavía, los sindicatos andan del brazo con el Centro Democrático para que los ampare. No se acuerdan quién ideó la ley 50 ni la ley 100, quien decretó el régimen actual que acabó con parte del salario y recortó el horario y amputó las horas nocturnas y los festivos...

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