Edición 374

Soñar sí cuesta

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Soñar sí cuestaTenderse en la cama boca abajo, con los pies firmes y a pierna suelta entonar el canto de los dragones que echan fuego por boca y costados ha sido la ilusión de navegantes, juglares, cuentistas y locos. Uno oye decir por aquí y por allá que soñar no cuesta nada. Calderón de la Barca ya lo había dicho: la vida es sueño y nada más.

Lo hemos oído decir muchas veces y no lo hemos meditado. Soñar: es el deporte más barato y no hay que pedirle permiso a nadie. Tememos soñar. Nos da miedo caer en abismos, entrar a casas que se incendian, subir a un monte muy alto, escalar un nevado, a enfrentar a un tigre que se nos para a dos metros. O echar el anzuelo al río y esperar que muerda el sebo el pez. En los sueños también se mueven los músculos y la imaginación trabaja.

Nos da pereza usar el recurso del sueño y hacer cuentas de cuánto nos costará abrir el camino de los negocios o si ahorraremos para comprar una casa. Nos da miedo fabular como si los sueños se fueran a convertir en una pesadilla. Porque, en efecto, soñar sí cuesta y vale la pena poner la canasta de los huevos sobre la cabeza, como en la fábula de la lechera y hacer cuentas...

Sí. A Colombia le han echado el cuento que soñar de nada sirve. Eso quedará para locos como los poetas y novelistas de aventuras. Los economistas, los arquitectos, los políticos parece que nunca sueñan. Solo tienen pesadillas como los avaros. Que les van a robar su plata, que lo que ganan no les alcanza, que les hace falta el sobre por debajo de la mesa.

A los banqueros no se les ocurre soñar. No tienen tiempo de ese placer. Están contando el dinero acumulado y las cuentas por cobrar o azuzando a sus abogados a que acosen a los deudores. Los ministros nunca aprendieron en Harvard a soñar. Se envolvieron en ecuaciones, en laberintos, en agendas repletas de reuniones y citas con periodistas. Para atender las quejas crearon agencias y superintendencias. A los alcaldes se les olvidó soñar y andan perdidos en los compromisos y recovecos de los contratos y las reparticiones de la marrana.

No. La política ya no es el arte de gobernar. Es el arte de engañar. Va el político con los ojos desorbitados de tanto trasnochar con amigos de los medios y de tanto cavilar cómo cuadrará cuentas y cómo medrará a costa de quienes votaron por él. La economía no es el sueño de convertir la vida en un paraíso para todos sino en recortar el poder a la moneda que llega a las manos del trabajador para poder aumentar el gasto público. Parece que fuéramos hijos de Dédalo, si soñamos.

Oh, paradoja: de los sueños han salido los héroes, los genios, los conquistadores, los científicos, las medallas de oro, los premios Nobel. Pero aquí nadie quiere soñar. Solo los hijos de papi y mami alcanzan el cupo ofrecido, se sabe, y no vale la pena soñar, señor don Calderón de la Barca.

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