Edición 374

La identidad de un pueblo

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La identidad de un puebloLa identidad de un pueblo no se insufla por el simple hecho de estar cercado por unos hitos que lo delimitan de otros países. Su territorio no se mueve, no imprime carácter. Ni siquiera sus riquezas naturales o su biodiversidad que tanto enorgullecen. La identidad deviene de un conjunto de connotaciones culturales de raíces profundas que exhiben "el sabor de la tierruca" de quienes nacen en tal país.

La flema inglesa, la dureza y tesón de los alemanes, la dulzura de las mujeres y el amor de los italianos, la habilidad del manejo del dinero de los estadounidenses, la paciencia y laboriosidad de los mexicanos, el espíritu europeo y la pasión por el fútbol de los argentinos, la consciencia de la grandeza de su nación, de su origen, el ritmo de caderas en la samba y el fútbol de los brasileños, las raíces indígenas y en pie de lucha de peruanos y ecuatorianos, sobresalen por encima del hombro cuando alguien examina de cerca a estos nacionales.

En un ciudadano hay unos rasgos, unas conductas, una vena con sangre adentro que devela de inmediato, como en una célula, qué lo distingue de un ciudadano de otro país. Y esos rasgos lo marcan no solo en su frente sino en su talante y le permiten enorgullecerse por pertenecer a tal nación.

No son factores externos, ni el clima, o por pertenecer al trópico, o la extensión en el mapa, o estar rodeado de dos o tres mares, o por tener más minas de oro en la tierra, como lo pensaron los conquistadores con la leyenda de El Dorado o nuestro gobierno actual.

Ni es por haber protagonizado y padecido el efecto de la aparición del negocio fatídico de la droga y de haber sido señalados como país de narcos. No se puede basar nuestra identidad ante nosotros mismos ni ante los foráneos en esa marca ominosa.

También hemos sido etiquetados los colombianos de folclóricos, de felices, soñadores, acogedores de los extranjeros, de buena mano de obra y barata en tierra extraña, pero esa no es muestra íntima de nuestros genes culturales.

Nos hemos enredado en luchas fratricidas, en copiar estándares foráneos, en vender nuestro territorio y sus riquezas. Y se nos ha olvidado cultivar y encontrar el modelo oculto de nuestra identidad. Nuestros filósofos repiten teorías y esquemas de vecinos o lejanos pensadores. Nuestros historiadores han vertido en sus libros lo que recogen sus ojos y oídos. Nuestra antropología es muy joven para mostrar las líneas que nos unen e identifican.

Detestamos nuestro origen indio, negro y solo se prefiere al blanco y mono. Tenemos en nuestro ajuar y menaje utensilios caseros, de arte y bisutería elaborados en otros países. No apreciamos nuestros bosques, selvas, fauna, hidrografía y permitimos que nos desfloren para beneficio de San Valentín o el tesoro de la Reina y los amigos lejanos de Europa o Asia.

Somos un pueblo aún sometido a parámetros y músicas que vienen de fuera, nos fascinan el espejo y los relojes, como a niños. Las rodillas aún nos duelen aunque están encallecidas. Somos una sociedad mojigata y creemos que llueve porque alguien mueve el balde allá, arriba. O que tiembla la tierra o hay un maremoto por castigo.

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