Edición 386

Colombia: de extremo a extremo

PDFImprimirCorreo electrónico

Un señor muy autoritario así lo definía mi abuela. Un comentario de una mujer que no hacía comentarios sobre nadie. Discreta y sabia. La sabiduría que le dejo sus 17 partos y quinces historias que hablan de lo que en Colombia ha sucedido.

Lo que este señor representa congrega a los devotos del trabajo, a la sagrada familia y a quienes volvieron prioritaria la seguridad por encima de una educación de calidad.

Esos son los valores dominantes. Del otro lado los símbolos también convocan: actores, libretistas y la hija de un mártir de la izquierda encarnando la esperanza de los olvidados. Representan el país del descontento que se extiende hasta la época de Gaitán. Algo hay de fascinante en ese performance: millones que desfilan apasionadamente de un lado y del otro porque se sienten redentores de una patria herida. De lado y lado se acude al desprestigio. Es un vil recurso de todos modos. ¡Dejemos que el tiempo nos traiga las verdades! Somos muchos trabajando en esto.

En la letra menuda de todo esto una verdad que pide tiempo para que siga emergiendo y que no brillará en el instante de poner la X por el candidato de preferencia. Una verdad que no es solo las de los datos de la tragedia humanitaria producida por paramilitares y guerrilla con sus aliados en la penumbra. Sino otra más leve: la de una cultura instalada entre nosotros en la que todavía se añoran amos, redentores y se reduce la vida al trabajo, la familia y a estar acordonado de vigilancia privada Desde allí operamos. En un desmedido culto a lo que supuestamente significa estabilidad o la reivindicación de los pobres. ¡cuánta demagogia! Somos mucho más que eso.

¿Dónde encontrar la ecuanimidad? Haciendo el ejercicio de identificar lo sustancial de los dos extremos: de un lado mantener un modelo de sociedad que reduce la idea del desarrollo a un combo de anaranjados emprendedores y al cuidado de los intereses de unas élites. Esto reencauchado en la elocuencia de un candidato que hechiza por ese aire de muchacho "bien preparado". Del otro lado la inteligencia y valentía de quien no ha temido denunciar las alianzas tenebrosas que capturaron el Estado para su beneficio pero que necesita atemperarse.

La ecuanimidad es dolorosa porque implica transitar entre esos extremos que condicionan nuestros pensamientos y emociones. Esto lo ha intentado Antanas Mockus y lo sigue haciendo. Pero el país de hoy no solo le basta su demanda del respeto a la ley y la norma que con tanto esmero se dedica el profe. También se necesita una educación de la ecuanimidad, escurridiza en nuestra dimensión íntima y pública, porque hemos sido procreados en unos modelos educativos y referentes culturales donde impera la verticalidad, la desmesura y la ley de los fuertes. Son las emociones extremas las que nos
impulsan a pensar y tomar decisiones. Lo que se exprese de otro modo es sinónimo de debilidad y paradójicamente es lo que logra cuidar nuestra trajinada humanidad. Lo que nos mantiene fuertes son las palabras susurradas con sabiduría.

Que las estructuras de poder que han mandado al país en los últimos años no han logrado distribuir bienestar lo saben incluso quienes prefieren amos que bienestar. La salud y la educación sigue siendo un privilegio. La tierra no produce todo lo que debería producir. Impera la homogeneidad en los que nos narra y define. El hechizo de Duque es una jugada maestra del señor autoritario porque aparenta algo nuevo: "The Orange Young Leader". Lo escucharemos y hará uso de su bien asesorada inteligencia. La música de sus palabras y su preparación para las cámaras es un bien pensado libreto y una buena dirección de actores. Como en el otro extremo el problema es lo que representan: continuidad y promesas incumplibles.

Lo que se piense en medio de esos extremos puede estar más cerca al país real y es lo que se necesita. Allí puede prosperar una opción política cuya base programática sea la educación. Pero esto no cala entre un show en el que los extremos impusieron una cultura y son el símbolo del descontento. Mientras encuentran el modo de hacerse escuchar quienes logran narrar ese país, que se sale de una versión adecentada del autoritarismo o de las audacias de los salvadores de los indignados, nos hace bien pensar en algunas decisiones políticas a la mano. Superar el sufrimiento desde el que interpretamos lo que nos sucede (esto pide otra cultura) y crear entornos sociales donde sea posible el pensamiento crítico y proyectos altruistas. Lo anterior vuelve y juega pasa por la educación.

*Los pensamientos, opiniones y expresiones de los columnistas son libres y no influyen, condicionan o significa el criterio editorial de Buque de Papel.