Edición 363

¿A qué va uno al estadio de fútbol?

PDFImprimirCorreo electrónico

¿A qué va uno al estadio de fútbol?Desde que tenía pantaloncitos cortos daba patadas al balón con mis hígados y mi sangre se revolvía caliente allá, abajo del vientre. Más adelante mi imaginación volaba por encima de las paredes del convento tras la locución de Rueda C. y Pastor Londoño.

Era una emoción sin camiseta oír que la Saeta Rubia, Pedernera, Báez, Rossi correteaban de punta a punta por entre los adversarios  con el balón pegado a sus guayos. Los pases eran precisos, nadie hacía teatro en la cancha y no se hablaba de fair play. Pero el fútbol era espectáculo. Los estadios se llenaban y los clubes no se disculpaban de desfalcos ni de falta de plata para el pago de jugadores. Qué elegantes eran dentro y fuera de la cancha.

Es lo que uno espera del fútbol. Que haya muchachos que sepan tocar la pelota, que  entrenen nuevas jugadas, que midan el golpe que darán al balón para hacer un pase o para rematar al arco.

Cuando alguien compra el boleto y entra al estadio quisiera que fuera como cuando uno va a un concierto. Uno siente que los actores y los músicos saben las notas y que han aprendido el libreto.

No trastabillan sobre las teclas ni reciben zancadilla ni el director de la orquesta. En el cine o en la música se llaman profesionales los que no se equivocan cuando soplan el instrumento de viento o cuando recitan el parlamento.

Al final del “espectáculo” los músicos o los actores reciben la ovación o los aplausos. Jamás la rechifla o los insultos. Porque todo está preparado y no sale uno defraudado. De lejos se ve su profesionalismo.

Ya estamos cansados de los “triunfos morales” que esconden la medianía y la falta de espíritu de equipo. Educación y compromiso antes que premios y contratos jugosos es lo que se necesita desde que el niño jugador empieza en la escuela. Nuestro periodismo ensalza la floritura y endiosa la flor de un día. Se contenta con el resultado y no avala la disciplina. Justifica la derrota y predice que vendrán mejores tiempos. A quienes brillan un día los maduran “biches” y dañan el futuro del fútbol.

¿A qué va uno al estadio de fútbol?El jugador, al que apenas le nace el primer diente en la cancha, ya empieza a fijarse en quién lo mira para llevarlo en rastras a los espónsores. No le interesa el juego de conjunto, quiere ser sólo una estrella, lucir como Pelé o Kaká, o Messi aunque su equipo pierda. Su ambición es tener lleno el bolsillo. Cree en suertes, rezos, amuletos y besa con devoción la grama.

Para el jugador de hoy valen sus guayos, sus amigos, el micrófono y una fama rápida como alfombra de Aladino. El fútbol no es su Destino sino el modo de adquirir dinero. Tiene sus ojos en la rumba y allí pasa más horas que en la cancha. Su modo de hablar, de vestir y la manera de concebir su oficio es folclórica e infantil. No tiene peso su mente porque no fue acostumbrado a un estilo de vida, a valorar a la gente, a Colombia, a la camiseta, al deber. Nunca se preocupó por pulir su lengua ni tiene filosofía.

Qué daño que le hace al fútbol el comentario benévolo que se hace desde hace 50 años: “No clasificamos pero queda una buena cantera para el próximo mundial”. Ese es el criterio que queda en el inconciente de dirigentes y técnicos. Todo es complacencia, todo es folclorismo, nada es serio y no hay consecuencias.

*Los pensamientos, opiniones y expresiones de los columnistas son libres y no influyen, condicionan o significa el criterio editorial de Buque de Papel.