Edición 367

De la vida, la escritura y la situación

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De la vida, la escritura y la situaciónEl escritor se sienta a diario frente a su mente y decide qué escribir. Se le revuelven entre los cabellos una multitud de ideas que quieren salir a luz.

Pelean como óvulos, traviesas, porque una de ellas sea la primera que prefiera el espermatozoide que mueve el dedo índice. Por eso el escritor no puede distraerse de lo que pasa. No debe encerrarse en la urna del arte que tiene vidrios verdes, azules, nubes caprichosas y lo pueden envolver. El escritor es hijo de su tiempo y de su entorno. No sólo es hijo del arte. Su oficio debe alcanzarle para hablar, rabiar, quejarse, aplaudir lo que sucede. La escritura no es un don para tapar o escapar de la ordinaria, simple o terrible realidad.

El escritor deberá ponerse al oído de la vida, a cuanto bulle y a cuanto retoño revienta. Sus tentáculos deben desentrañar en sus vísceras las tristezas, los vagidos, los lamentos de los hombres sobre el seno de la tierra. La vida no es sólo la alegría de nacer, crecer, tener todo a la mano y morir como un pachá.

Vivir en este mundo cool, con olor a gasolina y con tanga y sedal no es de todo normal. Ahí, en la esquina de la cuadra, están las armas, los suicidios con bombas al cuerpo, las venganzas y los atracos. Esa es la vida. La vida no es ya la canción de la Môme (Edith Piaff). Es la otra cara de la alegría que sólo dura un momento.

No sólo de alegrías, aplausos, risa y caviar vive el hombre y por eso la escritura debe combinar como el francés Rouault lo divino con lo llano, lo brutal con lo sagrado. Nadie puede encerrar su oficio en un invernadero aséptico en donde la vida sea artificial, a la sombra, o al calor deseado por sus dueños o cuidanderos pagos. El ser humano ha creado un ambiente a la medida que la era se lo aguanta.

Sin embargo, el escritor debe conservar su luz intacta. No puede la sal volverse inocua y deberá, muchas de las veces, predicarle al viento y escribir como sobre arena. Algunos lo querrán leer, otros se escandalizarán. Ese es el camino que hemos escogido. El goce de las ninfas y los retozos de los cabritos y los faunos y los juegos infecundos de diosas y de dioses se quedaron en los  bosques de la Borgoña o en las triquiñuelas de Eleusis.

Colombia hoy aparece citada y manoseada en cualquier película escabrosa que trate de narcotráfico, vendetas, armas, guerrilla o corrupción a gran escala. Ya nadie se inmuta de que el nombre inmaculado hasta hace poco de la patria ande en boca de dictadores, mercenarios a sueldo, mercaderes de patrimonios seculares. Se tuerce la boca y se dice: ¡bah! Qué vamos a hacer, si dentro estamos. Callamos y así lo cohonestamos.

Qué situación es ésta, en la que el escritor sumerge la cara hasta el cuello debajo de la tierra para que nadie perciba su presencia. Fuera mejor salir de viaje, ir de concierto, darse un aire por otros lares en donde la olla esté tapada y no huela a bota, a humo de pólvora, a cadáver abandonado a la mirada feliz de los gallinazos de la muerte.

Es tiempo de que aparezcan otros inconformes, como Copérnico; otros indios, como Vallejo en Perú; otras Mercedes Sosa; otros Saramagos, que señalen con el dedo la injusticia y la manguala, aunque venga la hoguera, el ostracismo y la guadaña.

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Foto tomada de: www.heraenjoan.com/gallery/slideshow.php?set_...

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