Edición 359

El arte de distraerse en público

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El arte de distraerse en públicoEl escenario de las comunicaciones es tan grande como el espacio que previó Hertz. Las ondas del sonido llegan hasta donde vuela la nube y hasta donde las galaxias se pierden. Ni siquiera los telescopios de Atacama pueden captar su último rincón hasta donde se estiran.

Pero si existiera un ser allá que pudiera oír o un espacio hasta donde la onda pudiera multiplicarse hasta ese punto y hora, llegaría la onda con su encargo de sonido para llevar el mensaje trasmitido.

Pero parece que nuestros “comunicadores” ilustrados del siglo de los satélites no han captado la magia y obviedad de esta realidad. Se encierran en su salita alrededor de una mesa, se sientan frente a los micrófonos junto al jefe del programa y empiezan a hablar con sus colegas actuando como si ellos solos existieran. Hacen de cuenta que el teatro de la radio fuera el estudio de su emisora. Y que el mundo de allá, en las ciudades, en el trópico o en las lejanías no fuera su objetivo.

“Hola, Darío”, “hola, Pedro”, “escúcheme, Sofía”, “¿no cree usted, Diana...?” es el diálogo que utilizan los locutores y jefes de noticias para “comunicar” lo que sucede. Ellos se cuentan a si mismos sus hallazgos, sus mentiras, sus entrevistas, sus chistes flojos o su chivas. Pareciera que no existieran oyentes, que transmitieran para una audiencia inexistente y que la noticia rodara por el escaso ámbito de su cabina y los cables de su estudio.

¿Dónde cabe el oyente? La oficinista que se peina ante el espejo en la mañana y que tiene prendido el radio no se siente incluida. No es para ella la noticia, ella apenas es un robot que necesita enterarse de la hora. Sólo cuentan los dos o tres o siete afortunados que se ganan el sueldo por divertirse hablándose a si mismos, tal vez, palmoteándose la espalda. El taxista oye esa pregunta manida o esa propaganda de carros que se exhiben en la avenida: “Oye, Luis Alfredo, tú has ido por la calle 30”? Y el otro responde: “Sí, Darío, ayer estuve viendo los carros último modelo de…bla, bla…da ganas de comprarlos…”

Nuestros expertos periodistas y locutores hoy ya no son empíricos ni teguas del oficio. Han pasado por universidades y saben de comunicaciones, del papel de la radio y de la complejidad de las frecuencias. Saben de la confidencialidad de la fuente, de la teoría de la publicidad, de las técnicas de la locución radial y también del respeto por el oyente. ¡Ahhh!, pero es rico hacer del oficio un chiste y hacer del ambiente un rato cool donde ellos se sienten súper. Y se olvidan de quien está al otro lado de la línea. No se dirigen a él, al cliente, a la razón de ser de la noticia y del entretenimiento.

La radio se inventó para mantener al mundo al día, para ponerle la noticia al oyente en el oído, para unir al ser humano, para satisfacer esa necesidad de sentirse ligado con el conocimiento, y ver con la imaginación lo que no puede ver ni tocar con sus otros sentidos. El oyente no es juguete ni un títere que se tiene al lado para amarrarlo a la pata del micrófono para regodearse de unos gustos y caprichos personales con lenguaje, muchas veces, mal trajeado. ¿O, es que esa es la nueva era de la radio?

Con tanto avance de las comunicaciones y del arte del buen hablar, es hora de que se modifique la manera de tratar la noticia sin que se manipulen su fin ni sus destinatarios.

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