Edición 367

Colombia es un caldo de costilla sin carne

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Colombia es un caldo de costilla sin carneLos sociólogos tienen razón cuando afirman que Colombia - y aún Latinoamérica – no tienen una identidad definida. Es un camisón de mezclas de zambo, rubio, indio, español y asiático. El inconciente nacional sueña con vivir en Europa o Australia o Estados Unidos.

Da lo mismo ponerse una camiseta de Nacional que de River o Boca o Flamengo. Apenas si rozamos con nuestros pies el territorio llamado con el pomposo nombre de Colombia que nos recuerda el cruel episodio cuando fuimos descubiertos en Carabelas por unos egresados de cárceles.

Nos llamamos tropicales, no tanto por vivir en el Trópico, encima de la línea ecuatorial, sin estaciones, en la zona más exuberante del mundo. De eso ni somos concientes. Nos llaman tropicales por el desenfado, porque nos da lo mismo la chicha que la limonada, porque alabamos y nos gusta la pereza, la rumba, la apariencia de ricos y nos tapamos la fachada con un manto de púrpura neroniana. Aunque por dentro seamos fofos, sin fondo serio, sin ideas propias, con libros y recetas importados de Taiwán, Argentina o de los bancos de Kuala Lumpur. Nos miramos al espejo y creemos que estamos cerca de Beyoncé o del último galán engominado.

Miramos a nuestros vecinos cómo marchan con los ojos muy abiertos y que no se dejan manipular tan fácil de promesas y tratados. En Colombia pensamos que es mejor cerrar los ojos y nadar por debajo de agua aunque sea corrupta y escasa y hacer de cuenta que todo marcha bien. La consigna es pensar, hablar y desear positivamente como lo enseña Astete o la famosa línea seudocientífica de la neurolingüística o el tal PNL. Todo lo que pesa y pasa a nuestro lado no nos tocará y los supermercados, banca y comerciantes seguirán subiendo los precios y el bolsillo del sindicalista no se inmutará.

En vano han pasado 500 años de la venida de Colón. Si volteara éste su cara desde Génova o Palos de Moguer ahora, nos vería con el mismo taparrabos de miseria y con las mismas baratijas en la cocina compradas en China, John Hopkins, Harvard o de Putín. La misma ingenuidad, las mismas rodillas agachadas, el mismo atraso y la trastienda mucho más grande. Miraría las minas del Dorado en Tolima, Calarcá, Nariño, apenas explotándose por nuevos colones con cédulas reales para contaminar y el pueblo desempleado mirando un chispero.

Sí. Colombia es un caldo de papa con hueso de pobre y sin carne. Los investigadores no han podido descifrar nuestro ADN nacional, pero nos tienen señalados la prensa extranjera y el cine universal. Nuestro mapa tiene dos mares ricos en minerales y mariscos, tiene aún enormes fuentes hídricas, posee aún selvas, madera, fauna y flora.

Es un país con biodiversidad envidiable. Eso nadie lo duda. Esa es la carne que abunda. Pero las cintas también muestran la guerra provocada y alimentada a diario, el tráfico de armas, la producción de cocaína, la violencia causada por ello y el afán de lucro desmedido, la corrupción en los llamados “altos” y bajos mandos.

¡Qué caldo de hueso tan duro de tomar cada mañana tenemos en  casa y qué trato tan risueño el de nuestros medios ante esta situación! ¡Que vivan los realitis, que sigan las muñecas de la mafia mostrando este paraíso del desgreño! ¡Que sigan las universidades graduando en serie muchachos que deambulen en calles por un caldo sin esperanza!

*Los pensamientos, opiniones y expresiones de los columnistas son libres y no influyen, condicionan o significa el criterio editorial de Buque de Papel.