Edición 369

El tren no come galletas crocantes

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El tren no come galletas crocantesViajar es un placer. Uno puede ir a pie, en bici, en burro o en Airbus, o en bus con baño y televisor o en metro o tren. Es como montar en la alfombra de Aladino y echar a volar la imaginación.

Porque viajar no sólo proporciona el gusto de conocer lugares, ciudades y modos de ser de sus habitantes, sino que los sentidos se llenan de colores, ruidos y las papilas y los dienten estrenan sabores nunca probados.

Quienes conocimos y tuvimos la dicha de sentarnos en un tren, de esos con pito de humo blanco y loco-motora negra con chimenea tenemos todavía impresos en las neuronas los sonidos de esa señora al caminar por la carrilera. Era todo un espectáculo verla llegar desde la estación con su cola negra en la cabeza y echando vapor por los costados. Se anunciaba por dos o tres pitazos y sacudía sus pies redondos sobre los rieles como si estuviera bailando un cha-cha-chá. Paraba, de pronto, como caballo brioso, echando espumarajos blancos por su vientre y dando resoplidos de puerco espín herido.

El tren pasaba raudo por entre arboledas que parecían hacerle calle de honor. Los montes recogían su olor a humo y las rocas repetían el eco de su característico chaca-chaca, chaca-chaca, que se quedaba rodando por la lejanía como pájaro sin nido. Casi con la boca abierta nos quedábamos mirándolo hasta que se perdía allá en el último recodo murmurando el sonsonete: “pOco pEso mUcha plata”. Así como hacen los varones con su novia o con una muchacha bonita. Los deja parados ahí en la acera, embobados y ella sigue su camino despistando con sus caderas.

No pasa lo mismo hoy con el metro, el ave o el eurotrain. Estas mujeres modernas cuando aparecen ante la vista del mortal, hacen ruido de guacharaca desdentada y se alejan en un instante sin poderlas re-mirar. Hoy murmuran “pOca plAta, mUcho pEso”. Su movimiento es rápido, como si estuviera siempre de afán y ni deja ver su cara, su costado. Su voz no tiene gracia alguna. Es un pitido seco, algo gangoso, sin el encanto necesario para poderse enamorar. Son máquinas en serie, que no dejan ver su estómago, que no respiran hondo, ni echan humo ni trastabillan cuando se enojan. Son inhumanas y creídas. Al fin y al cabo son hijas de esta nueva generación.

Me pregunto cada día por qué en Colombia no tenemos trenes hoy, como en Europa, Asia, Estados Unidos, Cuba. Por qué cuando había tan poca gente eran rentables y cubrían casi todas regiones. Hoy día la población se ha centuplicado y dicen los “expertos” que no hay gente que los solicite. Que volver al tren es retroceso.

Por qué en naciones desarrolladas sirve, haya llanuras o montañas, o valles y abismos. Será que en sus universidades les enseñan otra cosa a los ingenieros de transportes y civiles. Que no echen humo, que no contaminen con el polvillo del carbón, que no rechinen sus dientes cuando mastican riel y no resoplen vapor blanco cuando paren en la estación. Aunque sea que vuelva el lineal metro o el tren común que no canta chachachá, ni baila chaca.chaca, pero que las largas líneas de hierro vuelvan a servirle de escenario al tren callado y rápido, con sonido a jet, metalizado como un coronel.

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