Edición 353

Piangüita es rico mar con alcatraces jóvenes

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Piangüita es rico mar con alcatraces jóvenes“Piangüita de los manglares
que en el raicero estás
no te me pongas difícil
y dejate pescá”.

Mary Grueso Romero, en “Piangua en el raicero”.

En mis mojados ratos de mar en nuestras playas, no he logrado identificar ebrio ni cansado a un solo alcatraz sobre la cubierta de un barco pesquero. Por más que me he esforzado con binóculos, no los he visto barbudos, ni viejos como pintó al albatros en sus versos Charles Baudelaire.

A mitad de semana, en el bote de fibra de vidrio y dos motores de Javier, nos fuimos a Piangüita con mi amada, a descansar del descanso a medias en las noches de rumba del residencial barrio Centenario. Cali, como Bogotá, tiene veraneadero a sólo dos horas en La Bocana y Piangüita, con mar tibio, cabañas, senderos ecológicos y quietud apta para el placer espiritual y la apreciación de la naturaleza.

El viaje en bote, desde el muelle en Buenaventura hasta las playas negras de Piangüita dura 20 minutos, como saltando sobre un caballo marino a galope brioso. La tranquilidad da para observar los manglares y las gaviotas que siguen el curso de los viajeros con ojo hambriento. También deleitan la curiosidad del pasajero los alcatraces, pájaros enormes, como Don King o Gaboure Sidibe, astros negros del día y de los mares.

Tres días fueron suficientes para volver a gozar de las aguas de cristal y sal blanca donde cunden multitud de pececitos en el regazo materno. Las olas son benignas y se arrastran a veces con pereza y otras, con empuje de ballena mansa. Hay hotelitos, restaurantes, tienditas tímidas atendidas por los nativos de paso lento y sonrisa marinera. La comida es preparada según lo quiera el cliente y los manjares sobre la mesa serán el pescado canchimalo o la sierra o la pelada, o jaiba, camarón o el sudado de piangüa, arroz con coco y tostadas de plátano. Hay venta de cerveza nacional y licores varios para el que quiera refrescar su vientre y sus deseos.

El paisaje de día y de noche es un espectáculo sereno. Ver asomar en la lejanía los barcos trasatlánticos y medir su marcha majestuosa hacia el puerto de Buenaventura es parte de la distracción y del menú. Oír de noche el batir de la marea sobre la mole de arena morena y sobre los riscos que encierran a Piangüita entre una concha, es entrar en el sueño plácido para esperar el canto de una gran variedad de aves que saludan el alba.

Son regalos de más que no se cobran por venir a este remanso natural. Hay que decir que alcanzamos a percibir el sonido característico de unas sierras intermitentes que talan por horas los árboles de mangare, tangare, chanul, sajo, especies nativas del Pacífico, que deberían ser respetadas como reserva nacional.

Los alcatraces dominan el espacio entre los dos azules. Como Phelps y Spitz se lanzan en olímpicos clavados para atrapar entre su larga boca con bolsa, a moluscos y peces lentos. No tienen jurados ni les cuelgan medallas ni las premian con un beso en el pico. Ellos seguirán triunfantes en los mares planeando con sus alas anguladas y admirándonos con su descenso en frenética picada sobre el agua de verde pez y crema piangüa.

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