Edición 375

Por qué ganan altos sueldos los congresistas

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Trabajar y sudar hasta manchar la camisa por pecho y espalda tiene un precio. El ser humano, al igual que los animales y las plántulas, deben moverse para sobrevivir sobre el planeta. Trabajar y sudar hasta manchar la camisa por pecho y espalda tiene un precio. El ser humano, al igual que los animales y las plántulas, deben moverse para sobrevivir sobre el planeta.

Las plantas, aunque están enraizadas entre la tierra, deben levantar los dedos e implorar al sol, al agua, al colibrí y al aire ambiente que se acerquen a ellas para alimentarlas como enfermera a un niño o un anciano. Todos nacimos para realizar una tarea y delinear con el trabajo nuestro destino.

Algunos reciben una mísera paga de los empleadores, sean particulares o el Estado. Otros deben fabricar una tienducha en una esquina o regar sobre una acera la obra de sus manos y esperar que la mirada compasiva estire la mano y como lluvia bienhechora les mitigue el hambre.

Otros se ven obligados a mendigar o a robar porque la sociedad o su  ambiente familiar los relega a vivir casi como animales en las calles o en la baja hampa. Otros se alían con compinches y forman bandas criminales y se lucran vendiendo armas, droga o secuestrando y atentando con bombas y terror. Y, por fin, otros, nacen al lado de las arcas llenas de sus padres y no tendrán que mover un dedo. Sus manos no tendrán la huella del trabajo ni de su mente saldrá un productivo rayo de luz, probablemente.

Y, ¿qué decir de los que han usurpado el honroso nombre que el pueblo le dio al Libertador Bolívar de “Padre de la Patria” y han despreciado el de buenos ciudadanos, qué él prefirió para sí mismo? Ellos se postulan y dicen que van a servir al país, como un cura u obispo dice en las iglesias. Entre pasillos, reuniones y desayunos en palacio, viajes de invitación pagada con viáticos nacionales, se les olvidan las promesas hechas en campaña. Algunos llevan años “sirviendo” de trompo de poner del ejecutivo. Sólo se ve que son legisladores cuando golpean el pupitre y clavan de impuestos a sus electores o le recortan sus derechos.

Pero, eso sí. Mientras un ciudadano raso gana US$ 3.380 al año, un senador o representante o ministro o magistrado ganan US$ 154.000 al año, sin contar los gastos de representación, el llamado a extras y los viáticos continuos. ¿Cuánto sudan esos señores para ganar tanta plata? ¿A qué se dedican? ¿Tienen acaso lugar para el descanso? ¿Qué beneficio, qué mejor país tenemos con justicia, seguridad en las

calles, trabajo y paz en los campos, empleo, salud, pensiones justas, autopistas, y eficientes medios de transporte? Ocho años se la pasaron maquinando cómo mantener un régimen autocrático que bien les pagara con sueldos, notarías y puestos burocráticos y silencio en las cárceles.

Correa, Evo Morales, Obama se han desprendido de dineros, que reconocen, no deben estar en sus manos. Obama ha llamado la atención a ejecutivos de empresas a que bajen sus sueldos, y a que tributen más que los simples ciudadanos, tratando de no hacer tan lejana la distancia entre miseria y opulencia. En otros países se han bajado las dietas de los parlamentarios en un 10%. Aquí se suben en un 30% mientras al trabajador se le reconoce un 3.64% de aumento. ¿Hasta cuándo entenderá esta realidad quien deposita un voto?

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