Edición 363

A mi madre

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A mi madreEl 10 de febrero, día en que mi madre partió para la eternidad, mi corazón se arrugó y mi espíritu tambaleó, ya que totalmente sorprendido, no podía entender porqué y cómo de un momento a otro, alguien como ella, llena de vitalidad y alegría, de repente desaparecía.

Experimenté una serie de sentimientos encontrados, de dolor y alegría y de una tristeza infinita, al ver que un ser tan maravilloso lleno de luz y amor, había quedado reducido a unas cuantas cenizas,  dejando impregnado el ambiente de esa presencia ausente, y de ese aroma de amor incondicional por los demás.

Estando en esos días de duelo en Manizales, rodeado de mi familia, me llegó el correo de la Revista Aló, donde me decían que el siguiente tema era: “Belleza antiedad- Día de la mujer”. No podía creer que el artículo que debía escribir, acabando de morir mi madre, fuera acerca de estos temas. Primero, porque mi madre era la mejor representante de lo que significa ser bella a pesar de la edad y segundo, porque quién más especial que ella, para rendirle un gran homenaje en el día de la mujer. Por eso hoy, me gustaría compartir con ustedes algunos recuerdos y anécdotas que llegan a mi mente, y que eran sus “secreticos de la eterna juventud”.

Agüita de rosas y acid mantle, era lo que siempre mi querida madre contestaba cuando las demás personas le preguntaban qué hacía para mantener a sus 75 años una piel increíblemente hermosa, sin haberse realizado ninguna cirugía plástica, ni tratamientos invasivos; piel que todas las mujeres que la conocían, envidiaban.

Aún recuerdo aquel día, hace como 5 meses en que regresó de la embajada de Estados Unidos, donde había estado renovando su visa para viajar a ese país. Entre divertida y molesta, nos contó que cuando había llegado a la embajada, había mucha gente haciendo fila, por lo que se imaginó que se iba a tardar muchísimo, pero al rato de estar haciendo la fila, se dio cuenta que había otra fila especial, para personas de la tercera edad, mayores de 60 años, a quienes atenderían más rápido. 

A mi madreElla apenas vio eso, se fue feliz a hacer su fila, donde había muy pocas personas, pero cuando las demás personas que hacían esa fila la vieron llegar, le dijeron que estaba equivocada de lugar, porque esa fila era sólo para personas mayores de 60 años, por lo que ella no podía estar ahí. Ella sorprendida, sacó su cédula y a cada una de esas personas les mostró que había cumplido 74 años, por lo que todos quedaron impactados por su apariencia joven y su lozana piel. Finalmente, contándonos esta anécdota, se reía feliz a carcajadas y nos decía que esa agüita de rosas definitivamente hacía milagros.

Finalmente, hace dos semanas, cuando viajé a Manizales a visitar a mi madre que se encontraba en cuidados intensivos en el hospital, al borde de la muerte, nuevamente el agüita milagrosa formó parte importante de su vida. Lo primero que hizo cuando entré al cuarto, fue decirme con la voz entrecortada que le pasara el agüita de rosas y un polvito para la cara, que estaban en una bolsita en el piso y que le consiguiera una maletica para tener todo guardado ahí.

Yo no podía creer que alguien en el estado de salud tan delicado como en el que ella se encontraba, pudiera estar pidiendo algo para limpiarse la piel y aplicarse polvito para verse bien; pero así era mi adorada mamá.

Una mujer que dejó una gran huella en mi corazón, no por su apariencia joven, de la que se sentía tan orgullosa, sino por todo lo que significó como ser humano. No hay palabras para describir a mi vieja del alma, quien fue una fuente inagotable de amor y quien llena de ilusiones, siempre soñaba con hacer un mundo mejor para cada persona con quien se encontraba en su camino, sin importar si éramos sus hijos, esposo, familia, niños de los andes, mendigos, ancianos o enfermos.

Por eso, en ese momento inolvidable, cuando saliendo de la iglesia en compañía de mi padre, y cargando en mi brazos las cenizas a las que ella había quedado reducida, en medio de la ovación y los aplausos que hacían los presentes a esta angelita que se había ido, pude ver que la huella que ella había dejado en tantos corazones permanecería indeleble y la haría inmortal, porque siempre quedará vivo en nuestra memoria su legado de amor incondicional.

Hoy, aunque en esta tierra ya solamente quedan sus cenizas, su espíritu vivirá y resplandecerá más que nunca en mi corazón y en el de todos los que tanto la querían. Por eso, cada vez que miro hacia el cielo y veo una estrella en el firmamento, pienso que es ella iluminándome con su luz y recordándome que me debo alegrar porque ella está en paz con Dios, disfrutando lo que sembró en la tierra.

Cada día que pase llegarán nuevos recuerdos de ella a nuestra mente, pero cada uno de ellos tendrá una enseñanza, un legado. Mi madre, a pesar de su edad, nunca se sintió vieja y por ende, nunca se vio vieja, todo lo contrario, siempre estaba sonriente y se sentía feliz de su apariencia.

A mi madrePor eso, hoy te digo que si sientes que tu juventud está quedando atrás y que tu cuerpo está cambiando, aprécialo y disfrútalo, porque realmente lo más importante es lo que hay dentro de ti, en lo más profundo de tu corazón. Revisa como te estás tratando a ti mismo, porque si comienzas a quejarte, lamentarte y a pensar constantemente que estás viejo, arrugado y acabado, comenzarás a sufrir, y si ves la realidad, por más tratamientos que te hagas, tu cuerpo tarde o temprano envejecerá; lo importante es que tu espíritu no se arrugue sino que permanezca rebosante de gozo, juventud y alegría, ya que él será el que te hará disfrutar plenamente tu vida.

A ti, madre querida gracias por haber existido, por habernos enseñado tantas cosas y por haberme dado la vida. Sé que desde el cielo estás viendo como cada uno de nosotros cultivamos las semillas que dejaste plantadas en nuestros corazones.

Y recuerda… Nunca, nunca jamás dejes de soñar.

Un gran abrazote…

*Los pensamientos, opiniones y expresiones de los columnistas son libres y no influyen, condicionan o significa el criterio editorial de Buque de Papel.