Edición 354

Contratos, concesiones y liquidaciones

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Contratos, concesiones y liquidacionesCon la globalización parece que todo se ha flexibilizado. Las costumbres, los idiomas, los productos industriales, por supuesto, la moral pública. Todo. Menos la banca, sus comisiones e intereses y las compañías de seguros, pues eso se ha endurecido.

Una licuadora antes duraba doce o veinte años, ahora es un aparato desechable. La legislación laboral y comercial era letra de carácter general y de larga duración, rezaba el código de Bello. Las empresas mostraban, como las personas, un currículum para presentarse a una licitación. Una empresa que se liquidaba o se fundía con otra debía satisfacer todas sus deudas. Ahora un simple cambio de nombre permite que sus dueños escapen y salgan por la puerta de atrás para evadir las obligaciones.

El empleo ya no es responsabilidad de cada empresa, o de sus gerentes  o representantes legales. El nuevo trabajador tiene a un anónimo patrón con cara de “cooperativa” en un hangar que absorbe como esponja el cruel salario de hambre y necesidad. Los contratos son a tres meses o a seis, si está de buenas o a un año, si se gana una lotería. Y no afilian al "socio" a seguridad social.

Con el gobierno de estos ocho años todo se flexibilizó. Nadie responde por la calidad, todo es deleznable, hasta las palabras han perdido el pudor. Las ligas de consumidores son un engaño. Se fusionaron ministerios, quedaron a la espalda las obligaciones, se liquidó el ISS, Telecom y ahora se piensa acabar con Ecopetrol e Isagén. Después de que se había repetido y rejurado que no se vendería este patrimonio tan rentable hay afán de venderlo ya. Esa es la moda, vender lo nuestro y decir que hay inversión extranjera.

En el Estado los contratos para obras municipales o departamentales o nacionales son para los amigos y familiares del “patrón” que está instalado en el Despacho. No se hace con compañías reconocidas, con hoja de vida responsable o con capacidad financiera y técnica comprobada y ejercida. No. Los contratos y concesiones se otorgan a “consorcios” hechos a mano y a la carrera, con el aval de un caudillo. Son empresas de papel, “temporales”, mientras le dan el avance grande que garantice la “palada”.

De nada sirvió que ingenieros, geólogos, arquitectos, contadores, economistas, administradores estudiaran resistencia de materiales, calidad de tierras, o hicieran cursos de interventoría. Las obras quedan a mitad de camino o con fallas estructurales o se hacen al revés y hay que derrumbarlas y hacerlas otra vez. Eldorado que siempre fue funcional y estuvo bien ubicado, de pronto no sirvió y había que demolerlo porque un señor muy poderoso llamado Opaín necesitaba plata para sí y para repartirla. Como el famoso cuento, que no cuajó, de que el Puente Pumarejo había que demolerlo y rehacerlo.

Poco a poco el país se fue acostumbrando a las recompensas ofrecidas, a los mal llamados subsidios para servir de escalón para los comicios, a la “tajada” o la “mordida” en la adjudicación de los contratos y a subir los precios de los mismos para repartirse “la marrana”. Suena mal decirlo en esta columna, pero así es como se ha dañado el idioma. Por lo único que no se recibe el condigno pago es por trabajo honesto que presta el trabajador en una empresa. La fama ha llegado hasta el exterior. En Alemania, en EE.UU., en España se prefiere el trabajador colombiano porque es mano barata. Y por eso vienen los extranjeros a comprar empresas. Porque compran de ocasión y pagan más barato a quienes bien les sirven.

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