Edición 375

Estampa de los IX Juegos Suramericanos

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Estampa de los IX Juegos SuramericanosUna imagen que no se olvidará.

Me quedé en casa este viernes y no fui al concierto que la Filarmónica Juvenil de Cali tenía como gran bocado: la Quinta Sinfonía de Beethoven. Había visto el recién terminado escenario de la Villa Suramericana 2010 que costó la suma de 175 millones de dólares.

Semeja una cordillera con sus crestas de saurio verde y alberga espacios para balón mano, balón volea, gimnasia, karate y esgrima. Estaban listos mi ánimo y mi retina para asistir por TV a un espectáculo grandioso, similar al de Beijing, en los Olímpicos.

Busqué desde las 6:00 p.m. en los canales privados, en los regionales y los institucionales y…nada. Llegaron las 7:00 en punto y nada. Pasadas las 7 en el canal 9 ya había comenzado la función. No pude ver cómo la abrieron. Si fue con bengalas de colores con confetti como en los estadios o con desfile de heraldos con trompetas.

No. La Villa estaba casi en silencio. Un fondo musical indefinido acompañaba la escena. Una niña tierna vestida de blanco y un niño de rojo,  se acercaban a un sitio o buscaban algo. Hasta que llegaron delante de una figura boteriana de una Mujer enorme. Era un homenaje a la niñez que nace y a la mujer, dijo una voz lejana de un varón.

Enseguida comenzó otro sketch de mujeres y hombres semidesnudos que corrían con velos sobre sus torsos y las extendían sobre el piso. Es un reconocimiento al renglón principal de la producción industrial de Medellín, dijo la voz anónima del hombre. Seguía sonando una música casi oriental, de China o Japón. Vino luego otro sketch preparado por la firma Franco Entertainment Co. Semejaba los malabares con fuego que hacen en las esquinas o en los circos chicos para ganar unos pesos. También eran jóvenes que corrían derramando petróleo u otra sustancia por el piso y que elevaban en antorchas mujeres cubiertas con sutiles velos. Es un homenaje al fuego que nos atrae, dijo la misma voz.

En un cuarto sketch llegaron como ocho caballos blancos, de pura sangre y paso fino, no se supo de qué procedencia o si eran ingleses o árabes. Sus jinetes de desnudo torso tenían turbantes rojos y anchos pantalones que los asemejaban a unos cosacos. Es un reconocimiento a una de las actividades que caracterizan a Antioquia,

explicó la voz. La música de fondo seguía con sabor al Oriente medio. No se oía un aplauso del público o los micrófonos estaban lejos de él. Vinieron luego unos gimnastas con largas y vaporosas túnicas grises y rojas que hicieron figuras en barras como de un parque infantil. Como sketch final rodaron por el piso unas bolas de plástico enormes con la figura de un hombre y a su lado como un coro de mujeres emitían unos sonidos al ritmo de un corifeo. Es un homenaje a la vida, remató esta vez la voz oficial del evento. Eran las 8:00 en punto. Y, a continuación se presentaron las delegaciones.

No salía de mi asombro. ¿En qué país estaba, en qué ciudad se hallaba el espectáculo, qué evento se celebraba? La simbología era extraña, no había presencia de Colombia y sus regiones, no había rastro de nuestra identidad nacional. Ni hubo referencia a las demás naciones suramericanas que estaban participando en los IX Juegos.

¿Sería por eso que las demás cadenas no estaban transmitiendo un evento de tanta trascendencia para el país y para el deporte? Se perdió la oportunidad de mostrar la belleza del paisaje de nuestro suelo, los valores de nuestra sociedad y de hacer de estos juegos una postal vitrina para el mundo de nuestro folclor autóctono suramericano.

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