Edición 353

No me descubras, Cristóbal

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No me descubras, CristóbalBogotá está llena de la cabellera roja y del recuerdo de la estela de Fanny. Su tesón y su fuerza están presentes en la cantidad de obras que ruedan por tablas, plazas y callejones.

La ciudad capital parece la Atenas de Aristófanes y Sófocles. Por donde uno se mueve y voltea la cara, por allí corre la gente, mujeres, padres y niños a gozar del teatro, la danza, la música, los cuentos y la ópera. Han venido de Suiza, Canadá, Argentina, Brasil, España, Rusia, Venezuela, Corea, Inglaterra teatreros y clones a recordar a la roja Mickey y a decirle a Colombia que el arte es diversión y que la palabra salva y sana de guerras y odios.

Hacen falta tiempo, ojos y plata para ver tanta oferta sobre la alfombra verde de esta alegre fiesta. Colsubsidio, El Teatro Nacional, Cafam, El Camarín del Carmen de la Candelaria, el Jorge Eliécer y otra veintena de escenarios brindan un menú variado y para todos los gustos. Títeres, marionetas, folclor nacional y foráneo, carpas pequeñas y enormes, caras pintadas y flautas y globos en las manos de niños. Bogotá es un ágora griega llena de sonidos y gestos.

Compensar se convirtió en un “Ciudad Teatro” y ofreció a la familia y amigos durante todos estos días, de 11 a.m. hasta las 10 de la noche, a precios muy cómodos y con descuentos para afiliados, una gama de espectáculos para chicos y grandes. Los cuenteros y titiriteros, los zanqueros y callejeras comparsas movieron la risa y la curiosidad de los que llegaban. Obras ligeras, otras andantes y solemnes y todas al alcance de bolsillos y mentes abiertas. Hasta allí vinieron de otros países para decirle al mundo que el Arte a todos nos toca y renueva.

Me tocó la suerte de oír sentado en la grama al lado de sobrinos y nietos debajo de una carpa el cuento de cómo se formó la noche y el día. Lo contaron una culebra grande y una parlanchina corneja que hablaban de la mano de un titiritero joven. Me quedé hasta muy tarde para disfrutar de la gracia del Gordo Benjumea y de un festivo grupo carioca.

“No me descubras, Cristóbal”, fue el título inocente de la comedia que montó el famoso Gordo para este evento. Obvio que semejaba la Corte real de Isabel, Fernando y el famoso Almirante. Pero aplicada a la situación actual de nuestro país. Estaba el regente, su esposa de adorno, sus confesores, sus necesarios bufones, sus niñas alegres y el fantasioso viajero. Describió lo que pasa entre bambalinas en el reino de marras. Sus debilidades, mentiras, chanchullos y afanes.

Supimos cómo se hacen los contratos, cómo se gasta la plata de la hacienda pública, cómo se hacen favores y, por fin, la Reina divulgó la noticia de con quiénes nos descubrió el genovés de chacó y charreteras. Fueron facinerosos sacados de la cárcel y eran nada menos que ¡una camada de senadores criollos! La gente casi estallaba de risas y aplausos a medida que transcurría la farsa. El genio del Gordo estuvo en su cima y la noche terminó en las tablas.

A la noche siguiente cinco comediantes enviados por Lulla da Silva llenaron el auditorio de la zona verde del Cur de Compensar. Interpretaron una deliciosa obra de creación colectiva que actuaban en improvisación instantánea y magistral. Caleidoscopio era su título genérico. Una serie de escenas superpuestas sacadas del talento de la Compañía Jogando no Quintal y de la interacción con el público.

Fiorella y su canción “Yo soy una niña” fue la sensación de la noche. La ternura, la habilidad para crear una historia con retazos extraídos de la espontaneidad de los asistentes quedaron en el alma y en las palmas de quienes tuvimos la fortuna de admirar cómo se hace una obra de arte en el mismo momento. Al salir, unos hologramas de despedida brotaban de la fuente de agua, como los ratones del flautista de Hammelin, en la mitad del Polideportivo de Compensar al compás de una orquesta sinfónica.

¡Gracias, Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá!

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