Edición 353

La enfermedad en el hombre hace la igualdad

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La enfermedad en el hombre hace la igualdadLa igualdad es una fruta de sabor indefinible y se encuentra en pocos huertos. Creemos que sabe a almíbar o a ambrosía y se nos humedecen las papilas cuando nuestra boca piensa en ella.

Los filósofos poco han delineado su figura y unos pocos abogados la utilizan en su jergario como una pieza de anticuario. En realidad, la igualdad es una palabreja que, como el perro sarnoso, se tapa cara y rabo cuando alguien se fija en ella.

Que es conceder a cada uno lo que le corresponde, que todos somos iguales, que ser desigual es una pretensión muy saludable y es signo de originalidad, que en el país hay un abismo en la riqueza y por eso hay desigualdad…

Que a la mujer no se le otorgan tantos puestos en la burocracia y en las empresas y en las artes como al hombre y por eso a la mujer se la discrimina.

La palabra igualdad es una disculpa o un estandarte o un arma de combate.

Hay muchas cosas y circunstancias que hacen iguales al ser humano. Aunque el ADN  hace diferente a cada ser humano que llega de pasajero a este planeta. ¿Usted qué cree, que es bueno ser igual a su vecino o a la mujer que va cada semana a la boutique donde la maquillan? ¿Usted desearía ser igual a Michael Jackson o a Shakira o Juan Pablo o a Safo o a Nietzsche o a la Celestina o al bufón que le barre la alfombra al presidente?

Tal vez nadie vuelva a mirar con envidia al que pasa por la acera de enfrente o en limusina vista de rojo y negro en compañía loba. ¿Entonces, cuál es el prurito de hablar de una virtud tan alabada en enciclopedias y en la Biblia de todas las religiones?

Mientras el ser humano exista sobre el lodo que produce la mezcla de agua y tierra, habrá ricos y pobres, preferencias, discriminación, lentejuelas y macramé, alfombras rojas y covachas de cartón, desarrapados y banqueros. Imposible voltear la pirámide social patas arriba. Ni las teorías de Aristóteles ni de Levi-Strauss o Marx o Max Weber podrán cambiar las cosas.

Pero eso sí, cuando a un asegurador o a un flamante director de una EPS lo visita la enfermedad empieza a conocer el concepto de igualdad. Tenga una apendicitis o se le encarne una uña en el dedo gordo o un gas se le atraviese en el colon o una piedrecita se le meta por dentro del epidídimo. En este trance no valdrán las distinciones. Y mejor se le verá la cara a la igualdad si la enfermedad es un cáncer, un lupus o el sida. O esas otras que, para encarecer su tratamiento y medicamentos y hacer imposible su inclusión al POS, les dieron el nombre abominable de “catastróficas”.

Hoy tener cáncer es como tener un amigo en casa por mucho tiempo. Esa enfermedad le da por igual al desempleado, al congresista, al magistrado, al rey y al hortelano. No respeta la condición del fulano ni mira su bolsillo. “Se murió de cáncer”, se dice tan fácil y es tan cercana. No es enfermedad de ricos. Es lo único de los ricos que también tienen los pobres. En estos tiempos de comidas “basura”, con ingredientes que la alteran, con fungicidas y el “smog” del ambiente y hasta las drogas que tomamos, hacen temer que todos seamos iguales, postrados en una cama o en el potrero de urgencias de una clínica siniestra.

¿Por qué, entonces, la curia del gobierno de hacerse el desentendido y catalogar estas enfermedades de nuestro tiempo como no “aplicables” y las dejen por fuera del invento ridículo del Plan “Obligatorio” de Salud?

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