Edición 353

El excitante olor de la sospecha

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El excitante olor de la sospechaLos sentidos que acompañan el cuerpo del ser humano son antenas electrónicas potentes o brazos de un pulpo que agarran todo, o bocas de anguilas ávidas que chupan el néctar o el veneno de lo que encuentran en su nadado esquivo.

¿Qué fuera del hombre si no tuviera papilas para impregnar las neuronas de sabores y delicias, si no tuviera piel para rozar siquiera el codo del ser amado?  Beethoven sufrió el tormento de quedar sin los oídos para escuchar las sinfonías que salían de su ingenio e hicieron mejor a este planeta. Borges duró 25 años sin poder ver las letras que producían las mentes innovadoras.

Los sentidos son habitantes curiosos del yo de los individuos que, como los transeúntes, quieren ver hasta las vísceras cuando en la vía hay un accidente. Y se ayudan de ese otro sexto sentido que se anida junto a la garganta que causa hasta azogue y unas ganas horribles de escudriñar sin medir las consecuencias.

Somos muy dados a barruntar o especular como dicen los políticos y los técnicos de fútbol. No importa que lo que pensemos infundadamente hiera o perjudique a otro. Lo revolvemos, le damos vuelta y lo apuntalamos con soportes imaginarios y echamos a volar el chisme. Le damos cierto toque de verdad y lo aseguramos como el monigote del añoviejo para que no se caiga. Y lo adobamos de malicia indígena para que la gente sonría como el perro de Diógenes cuando lo comentamos.

La gente dice que no le toquen su intimidad, que no hablen ni de religión ni de ideologías ni de política en una reunión porque son cosas muy personales. Pero, qué ‘vahhh…’ sospechar es la moda y ha hecho carrera el dicho que “en política todo vale” y que el fin de hacer caer al “enemigo” justifica cualquier medio. Es la filosofía de J.J. y del diabólico Maquiavelo. Mostrar lo humano y decir que somos frágiles, entonces, es pecado mortal y punto. Cuanto Goebbels hizo que, el doctor nazi de la desinformación y propaganda, que todo fuese oficial y legal para el régimen.

La sospecha, el dicen por ahí, el disfraz de presunta afirmación o conducta, corren como Marion Jones, tras los dólares de la recompensa o la presea del olor que excita su nariz. Como el peligro del bungee jumping, el descrédito del otro es el deporte extremo preferido de los inescrupulosos, aunque lleven al cuello un rosario o un escapulario que los identifica como de noble cofradía. Su adrenalina los compele a abrir la boca y transmitir el chisme, porque no es una verdad comprobada, a llevar entre sus alas la noticia equivocada y maliciosa, como la mosca de muladar al boquiabierto.

¿La sospecha es hija de una enfermedad llamada ingenuidad o se la inventaron en el DAS los que chuzan, o simplemente es un virus que da de vez en cuando si hay algo que perturba y no deja dormir por una idea preconcebida? ¿Es un escape de la realidad y un pretexto para desfogar el desasosiego que nos causa la ansiedad? Pero eso no se cura con dolex ni con padrenuestros.

La sospecha es producto de la sociedad en que vivimos, de la enseñanza sabia que se aprende de los maestros que fabrican micos, que ponen zancadilla a la ley, que huelen la mordida y que nos fueron acostumbrando a no distinguir el cercano olor de la guayaba.

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