Edición 352

La gran montaña contra el pedrusco roto

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La gran montaña contra el pedrusco roto"No inventes, te tomarán por loco y criminal. Copia y se dócil y vivirás feliz como todo idiota".  Honorato de Balzac.

Me imagino al gigante Goliat allá, arriba, sobre la cima, parado sobre una piedra, iluminado por el sol. Cubierto, con coraza y detrás su ejército armado con generales, cañones y en fila su corte de salameros.

Estaba listo para abatir al enemigo e invadir a Israel. Y, abajo, acompañado sólo con sus sueños, la voluntad de hierro y el amor por su pueblo, a David, un principiante en el reino. En su mano una gastada honda de dos cuerdas y un pedazo de sandalia. En el cuenco de su mano guardaba el pedrusco del escándalo. Detrás, en el valle, todo el pueblo humillado confiaba en la sagacidad de David, su inerme jefe.

Me imagino ayer al valiente Santos, allá en Palacio con su escudo, mirando por la ventana con anteojos negros a su multitud de siete millones. En la calle desnuda, el debilucho Mockus con su espalda cansada y su sonrisa verde. Portaba en su mano el girasol de la honestidad y el lápiz de la legalidad. Ha juntado en dos meses un ejército de tres millones y cien contados, sin más armas que su esperanza y su ilusión de vivir en una patria noble y justa.

David había pactado la batalla para salvar a su pueblo de la corrupción, del alejamiento de la ley y para recuperar las tierras que los infieles querían robar. Goliat lucía orgulloso, miraba por encima de su hombro y despreciaba la osadía del enano. Nada le iba a impedir arrasar con ese ejército tan obediente y ciego.

La gran montaña contra el pedrusco rotoUna montaña se elevaba como león dormido. Era el pueblo, era la masa inconsciente reclinada sobre la humildad, la indigencia y una frustración de promesas. Millones y millones de desempleados, miles y miles de desplazados forzados, miles de mujeres sin casa y con hijos, alejadas del Chocó, del Urabá, del Tolima, del Cauca, de los Santanderes y del Magdalena Medio.

Nadie apostaba por David y el sol ya estaba en su ocaso. Goliat movía su cabeza con arrogancia y esperaba artero el instante pactado. Entre sombras y atajos muchos facinerosos corrían a festejar la victoria del gigantón armado. Tramposos, avarientos, ladrones, defraudadores, falaces, aduladores, asesinos y sicarios salían de sus cuevas sonrientes. La montaña había despertado. Había prestado su fuerza, había formado junto a David ante el desastre que llegaba.

Un tambor sonó su cuero y era la señal de la hora. David estiró su brazo, tensó las cuerdas, puso el pedrusco en la honda y atinó sobre la frente de aquel tanque con dinamita. Goliat cayó como una pluma que arrastra el viento. Hasta allí llegó la celada, la vanidad y la farsa. No habían valido ni la altura, ni la cantidad de la compañía ni los aliados ni las armas ni las dádivas, ni los dientes cepillados.

¿Qué esperamos, hijos de David, oh sufridos colombianos? ¿Vamos a seguir dormidos, vamos a dejar impávidos que pase este momento que la historia pone como una honda en nuestra mano para derrotar la impunidad, la corrupción, la villanía que se apoderó de nuestros campos y ciudades? ¿Vamos a desaprovechar el voto que nos devolverá la dignidad, la oportunidad de rescatar la justicia que se hace por mano propia?, ¿No podremos derrotar de nuevo al Goliat envalentonado?

Vamos, colombianos. Salgamos de la inacción. No nos dejemos coaccionar por un subsidio corrupto, por un pago que ata nuestra conciencia y que nos amarra en elecciones, como un plato de lentejas. No vendamos nuestro honor ni el futuro honrado de nuestros hijos y nietos. Dejemos la indolencia pensando que nuestro voto  nos salvará de este trance de ignominia al que nos quiere llevar este nuevo Goliat.

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