Edición 353

Siguiendo el hilo al conflicto interno colombiano

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Una visión de Colombia por el niño Valentino Alba

Y se sigue poniendo el asunto en blanco y negro cuando del conflicto interno se habla en Colombia, por un lado la locomotora mesiánica del gobierno y por el otro los que dedicados a la denuncia solo ven desaciertos. Y en ambas cosas se seguirá.

Lo que va quedando en el centro merece atención, que no es sólo lo que muchos sabemos, que el paramilitarismo creció con la complacencia de algunos agentes del estado y que para la izquierda colombiana la guerrilla sigue siendo un lastre.

En medio está lo velado, lo que como en el ahorcado del tarot está atado pero quiere revelarse, la fuerza de nuestras raíces, la minga que continúa, los proyectos que se abren camino sin la bendición oficial, el círculo de lo íntimo, la terquedad transformada en creatividad, la dignidad de los que hacen bien su tarea.

El nudo que hay que desatar, dicho para el gran público, es que los paras no son tan malos como los pintan y la guerrilla hace rato que dejaron de ser Robin Hood. Los primeros están pagando sus cuentas con la justicia y desde allí dentro quieren recuperar su lazo con la sociedad. Y desde el otro lado los que insisten en su gesta revolucionaria hay que ponerlos a pensar en una posible negociación.

Integrar ambos extremos en un proyecto, juntar a los que han estado en la ilegalidad en unas propuestas esperanzadoras sigue siendo un deber para los que no paramos de pensar en un proyecto duradero de paz para Colombia.

Y mientras tanto se seguirá rodando esta película colombiana de los embelesados con el poder que no pudieron humanizarlo, este afán de protagonismo puesto al servicio del marketing político. Y lo que parecían unas propuestas independientes es más de lo mismo, basta escuchar el discurso moralizante del ex alcalde de Medellín Sergio Fajardo en sus apariciones en los medios.

El lugar al que hay que seguir mirando es al centro vital y perseverante de los artistas, los educadores y la masa trabajadora entregada a la búsqueda del pan de cada día para los que, por una cosa de sentido común, saben que la cosa no es blanco y negro.

Frente a este desencanto, que un emblema de nuestra vida política como Carlos Gaviria empieza a confesar, habrá que imaginarse unas nuevas tareas que desaten el entusiasmo.

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