Edición 367

Nosotros somos de esa misma sangre

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Marcha de la minga Indígena desde el Cauca hasta Bogotá

in memoriam

Decimos que hemos sido descubiertos por Colón y que hemos sido libertados por Bolívar. Al parecer eso no sirvió de nada. No nos hemos descubierto cada uno de nosotros. No tenemos identidad, no sabemos nuestro origen, no amamos lo que somos ni respetamos a los que todavía son como aquellos que adoraban los anchos ríos, las selvas casi vírgenes con su fauna y flora intacta.

De nada nos sirvió que nos liberáramos de Morillo y sus coroneles ingleses y españoles y se fueran de regreso a la Madre Patria, porque hoy de nuevo los estamos llamando como “inversionistas” que compren lo que queda de nuestro suelo y nuestros sudores.

Desconcierta el lenguaje que usan los comentaristas registrados en la página Internet de los periódicos. Escondiéndose en alias, lanzan toda clase de improperios contra los pausados y cansados aborígenes que marchan desde sus asentamientos hasta la Casa que lleva el honroso nombre del insurgente Nariño, autor de la traducción de los Derechos del Hombre en los albores de nuestra Independencia.

Los llaman indios, indiamenta, locos, ignorantes, improductivos, y manipulados por la guerrilla. No les conceden todavía, como cronistas de lejanas épocas, la inteligencia y la calidad de humanos. Aquellos los apodaron cafres. No les reconocen sus mínimos derechos a ser humanos. No se llama esto xenofobia porque se trata de colombianos, pero esto es discriminación rampante.

El tratamiento a estos compatriotas, herederos directos de los Paeces que acompañaron a la heroína Gaitana y se libraron de Añasco, debería tener primacía porque simbolizan nuestra propias raíces. A ellos no se les puede engañar con subterfugios ni hacerlos caminar como hacían los Encomenderos con la familia de los caciques Quincha, y Quinde, en el Valle del Río Lile. Ellos están hoy en los predios de nuestra primera Universidad, creada por Santander.

Nuestra mirada es, por desgracia, de compasión por la ignominiosa repulsa de que son objeto. Deberíamos atenderlos como huéspedes gratos, como delegatarios de esos pueblos que encontraron en Bacatá don Gonzalo y sus adelantados, y que luego desaparecieron entre las aguas de Guatavita o las montañas del Ata, en el Tolima.

¿Hasta cuándo tendrán respuesta a sus justas peticiones quienes todavía nos honran con sus tradiciones, con su lengua y sus ilusiones? ¿Por qué mirarlos con desprecio, desde lejos y darles largas a sus caminatas y a sus ruegos? ¿Por qué insistimos en desconocer lo que la Historia Patria tiene escrito? ¿Por qué negar que rasgamos una vez unos derechos escritos en sus tierras y se los cambiamos por cédulas reales? ¿No dice el Derecho que las cosas se deshacen como se hicieron? ¿Para eso no tienen oídos, ni ojos, ni boca el Congreso, ni el Defensor del Pueblo ni el Agente Público? ¿Quién abogará por estos colombianos primitivos, vulnerables, que alzan sus pies por las ampollas y por la indolencia de sus conciudadanos?

¿Usted, amigo, que me lee y que ha visto por TV la cruel correría perseguida por la indiferencia y la burla, de qué parte está? ¿Del lado de la insensibilidad del Estado o de la realidad inhumana en que están estos malvestidos aborígenes que apenas si hablan y se sostienen en las cañas de mando de sus Taitas?

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