Edición 364

A los toros también les llega su “suerte”

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A los toros también les llega su “suerte”Me gustan los animales, a los que hemos catalogado como irracionales. Me gustan los perros, las tortugas, los burros, las focas, las loras, los tominejos, los búhos, las moscas. Entre más brutos e indefensos son más tiernos.

Y, claro, también me gustan los toros. No por machos y bravíos, no por sus cachos puntudos ni por su legendaria capacidad seminaria. Sino por su majestad en las campiñas y en la plaza. Un toro de casta o no casto, cebú o sin joroba parece un rey dentro de la manada. Semeja un señor digno con su porte y caminado, su piel brillosa, su mirada resuelta y a veces recelosa.

Me causan  inquietud, sin embargo, las voces que nos llegan desde Uruguay, Cataluña y desde afuera de los palcos de que hay que defender a los toros de la muerte en una plaza de sol, peñas y claveles. Que el toro no merece morir a manos de un artista, con espada sevillana y entre pasodobles y verónicas. Que, más bien, su “suerte”quede para siempre en manos del matarife de pueblo, atado de patas y metido entre dos paredes muy juntas, semejante a un antro, de esos donde sacrificaban a los herejes en la época de la Inquisición.

A los toros también les llega su “suerte”Soy de esos humanos que vamos muy “de vez de en cuando” al redondel de lidia. Voy porque es una delicia ver los lances, la citación solemne que hace el torero, los trajes de fiesta parecidos a los de curas y obispos cuando ofician el otro sacrificio. Creo que el ser humano tiene adentro de su cerebro algún condimento que se activa cuando va a cine, a un concierto, a ver un partido de fútbol o a una “corrida” de toros. Ver correr a los toreros, a la cuadrilla, a los jugadores, a los fotogramas delante de nuestros ojos es un espectáculo.

Blas Pascal decía, a  propósito de los azares del amor, que hay razones del corazón que la razón no entiende. El ser humano en muchas cosas podrá no estar de acuerdo. No habrá argumentos, puntos de vista y no habrá lugar a concesiones. En algunas cosas, los animales racionales  somos radicales, o sea, intransigentes, intolerantes. También el ser humano en cuestiones de arte y gusto, dice que en el “gusto no hay disgusto”, como en este tema de la tauromaquia, de la que se está hablando desde la época de Homero.

A los toros también les llega su “suerte”Llevar este asunto del gusto por la fiesta brava hasta los tribunales es prurito de leguleyos que nos fue legado por quienes nos dieron sangre blanca en nuestras venas. Nuestros antepasados sacrificaban corderos y hasta vírgenes y soldados en honor a las divinidades. Es la cultura, es la herencia, es la necesidad de pan y circo que hay en el fondo de nuestro interior que pide un sucedáneo a la imposibilidad de ejecutar con nuestras manos esos sacrificios y juegos de arte. ¿A qué ese afán de querer extirpar de nuestra entraña la fascinación de cambiar el arte en la plaza a lo que hace el carnicero en el matadero? ¿Qué es más humano y racional? ¿Acaso podremos calificar el arte como racional o irracional?

¿Puede ser más humano y comprensible ver matar a soldados en la guerra, ver caer hijos y vecinos a manos de un sicario y seguir bendiciendo el armamentismo y a quienes continúan azuzando la carrera de la muerte en nuestras calles y veredas? Ojalá viniera un gran debate por la defensa de la vida humana y se batieran banderas contra la impunidad y la violencia así vengan de donde vinieren.

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